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Al llarg dels mesos d’abril, maig i juny de 1997, la Comissió Deontològica del COPC, va organitzar un cicle-debat sobre l’ética i la deontologia professional en el camp psicològic.
El cicle va comptar amb dues taules rodones, la primera relativa a la intervenció clínica en les àrees de nens, adoslescents, adults i vells, i la segona, a la intervenció psicològica en els sectors de les organitzacions, la xarxa sanitària, la justícia i l’educació. Una conferència de la Sra. Victòria Camps, catedràtica d’ética, va concloure el cicle.
L’alt nivell dels professionals que van intervenir, així com l’interés del tema per a tots els psicòlegs ens van aconsellar la seva publicació que esperem sigui «deontològicament» útil.
La Junta de Govern
TAULA RODONA: ASPECTES ÈTICS DE LA INTERVENCIÓ CLÍNICA EN L'AREA DE NENS, ADOLESCENTS, ADULTS I VELLS
ASPECTOS ÉTICOS DE LA INTERVENCIÓN CLÍNICA EN EL ÁREA DE NIÑOS
Regina Bayo-Borràs
Empezar el ciclo-debate con los niños parece coherente con cierta secuencia evolutiva. Con ello se podría pensar que «La infancia está primero que todo lo demás...», pero esto, en realidad, sólo sucede en el orden biológico, ya que los niños no dejan de estar en los últimos lugares. Conviene recordar que, mientras la Declaración Universal de los Derechos Humanos cumple medio siglo, la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Niños fue aprobada hace apenas 8 años. Nos encontramos, en plena latencia de la aplicación de esos Derechos, o sea, en un período en el que suele predominar la represión, el olvido, o incluso la disociación entre la promulgación de los planteamientos ético-jurídicos y su puesta en práctica.
De entre los derechos que recoge la Convención del 89, los que nos atañen son:
- Artículos 2 y 3.1. «En todas las medidas concernientes a los niños que tomen las instituciones públicas o privadas de bienestar social, los tribunales, las autoridades administrativas o los órganos legislativos, una consideración primordial a que se atenderá será el interés superior del niño.»
La pregunta es: ¿Quién determina cual es el interés superior del niño?
- Artículo 12, que trata del derecho de los niños a tener su propio punto de vista: «Los niños han de poder decir lo que piensan sobre cualquier cosa que les concierna. Lo que digan ha de ser escuchado con atención. Cuando los tribunales u otros organismos oficiales toman decisiones que les atañen, han de tener en cuenta lo que los niños sienten o desean. »
El planteamiento es: ¿Se sabe escuchar a un niño atemorizado?
- Artículo 16, sobre el Derecho a la intimidad: «Los niños tienen derecho a la intimidad personal, es decir, no se les ha de abrir sus cartas personales y nadie ha de escuchar sus conversaciones telefónicas, por ejemplo.»
Otra pregunta: ¿Esta vigente este derecho en las familias actuales?
- Artículo 17, sobre el Derecho a la información: «Han de conocer sus derechos, entre los cuales está el de recibir cuidados y asistencia para su salud física y mental.»
Aparte de buenas intenciones, ¿hay alguna actuación institucional eficaz sobre este derecho?
Respecto de lo que aquí nos ocupa más especificamente, estos derechos dan lugar a una serie de articulaciones con los aspectos éticos específicos de las intervenciones clínicas y que desarrollo a continuación:
1.- Con análisis de la situación –personal y familiar– en la que se encuentra el pequeño paciente. (Aspectos éticos del proceso diagnóstico.) (No etiquetar.) La ética de no etiquetar, y, bien al contrario, la necesidad de abordar cada caso según sus necesidades, teniendo en cuenta tanto la atención preventiva como la asistencial.
En cuanto al posicionamiento ético del análisis diagnóstico, podemos contemplar estas cuestiones:
2.- La formación específica del profesional que atiende niños y adolescentes. (Aspectos éticos respecto de la formación profesional.) (Prevención del análisis silvestre.)
3.- Los principios generales que orientan y rigen la clínica psicoanalítica. (Aspectos éticos respecto de la asistencia.) (No reeducar, educar, sugestionar, dirigir, etc.) Principio de Abstinencia.
4.- El análisis del encargo institucional que puede recibir el psicólogo clínico: alcances y límites de sus intervenciones. (Aspectos éticos respecto de la intervención o colaboración institucional –informes, peritajes, etc.–, con el consiguiente riesgo de ser cómplice de intereses perversos.)
1. Aspectos éticos y análisis diagnóstico de la situación
La intervención clínica en la infancia en diversos ámbitos, educativos o sanitarios, requiere abordajes asistenciales diferenciados, con objetivos preventivos o de alcance terapéutico. Poder discriminar cuándo conviene implementar uno u otro es un cometido de principal importancia para no generar la iatrogenia que desgraciadamente nos encontramos: por ejemplo, padres que llegan a la consulta después de haber recorrido un sinfín de dispositivos asistenciales, públicos o privados, en los que no han encontrado la evaluación diagnóstica adecuada, y han quedado atrapados en largos, costosos y difíciles procesos médicos, logopédicos o reeducativos, que sólo han contribuido a alargar el tiempo de sufrimiento y, en ciertas ocasiones, a cronificar la patología.
Ámbitos como la guardería, la escuela o el hospital general son lugares privilegiados para realizar intervenciones clínico-preventivas de la salud mental de los niños ahí acogidos, y donde se detecten las dificultades que requieran ser atendidas psicoterapéuticamente. Es importante también reflexionar sobre los límites de intervención del psicólogo clínico en el ámbito judicial y social.
El objetivo general es que puedan quedar orientadas con eficacia las demandas de los consultantes y de los pacientes, sobre todo en relación al coste de la ecuación tiempo-dinero.
A todo esto hay que añadir que las situaciones familiares y sociales que rodean la infancia contemporánea han sufrido notables modificaciones, en sus características, en su estructura interna y en las funciones parentales, cuyo análisis diagnóstico merece una atención especial, pues nos pueden colocar al borde de alianzas perversas o de colisiones con otros estamentos sociales.
2. Aspectos éticos y ejercicio profesional
Las características de la práctica clínica con niños –actuar en niveles de intervención diferentes– implica que los profesionales de la salud mental debamos reunir ciertos requisitos, sin los cuales estaríamos «en falta» con los principios éticos generales planteados por Freud en su momento, y que fueron matizados y ampliados por sus continuadores en el campo de la infancia: se refieren al análisis personal, a la formación teórica y a la supervisión de la práctica clínica. Sin este trípode donde sustentarla, la intervención clínica psicoanalítica estaría «dañada» en sus fundamentos. La responsabilidad o la ética del analista no puede ser diferente a su responsabilidad como ser humano, ya que nosotros, como personas, no estamos fuera ni somos ajenos a la tarea que tenemos entre manos, por lo que todo lo que ocurre en la transferencia o transferencias –es el caso de la clínica con niños– nos compromete y nos obliga a veces a tomar decisiones importantes. Esto se hace más pertinente cuando se trata de psicólogos con poca experiencia, que asumen situaciones que les sobrepasan sin la necesaria supervisión, sin el marco teórico para entenderlas, o sin el tratamiento individual imprescindible para mantener la distancia suficiente y no confundirse con la problemática que están abordando.
En definitiva, hay aspectos éticos que el terapeuta debe tener en cuenta en relación a su identidad profesional y unos principios que debe respetar, porque ha adquirido una importante responsabilidad en el ejercicio de su práctica. No puede desentenderse de los efectos de su intervención, por acción o por omisión.
3. Aspectos éticos y clínica con niños
Las reglas o normas que rigen la relación psicoanalítica propiamente dicha son:
- El deber del terapeuta de decirle al paciente lo que el tratamiento psicoanalítico implica en tanto que constituye un compromiso.
- El de cumplir las promesas, evitar dañar, explotar o perjudicar de cualquier modo al paciente; abstenerse de dirigir, instruir o desaprobar las conductas del paciente, respetando el valor intrínseco de su autonomía y autodeterminación; y respetar el principio de la confidencia, observando la discreción más estricta (el pacto de sinceridad y veracidad a cambio de privacidad absoluta y discreción).
En resumen: en lugar de ser neutral en el sentido de que «no me alio con nadie», el método psicoanalítico emplea una neutralidad cuya base es una postura ética que entraña los principios de búsqueda de la verdad, del autoconocimiento, la benevolencia, del respeto a la autonomía y la confidencia, respeto a la autonomía de las personas y del cumplimiento de las promesas.
El tratamiento de un niño no es un tratamiento individual. En él intervienen, a distintos niveles y con implicaciones de diferente grado, otros familiares y agentes sociales que inciden en la manera de conducirlo, por lo que plantean al clínico adoptar una compleja posición frente a las transferencias cruzadas, sobre todo con los padres, pero también con la institución escolar y médica.
El manejo, la conducción, la estrategia terapéutica, los cómos, los cuándos, los por qué y para qué de cada movimiento que se da fuera de la transferencia privilegiada con el pequeño paciente deben ser cuidadosamente estudiados. Para mí, una posición ética es la que se interroga permanentemente por su quehacer, lo comparte con otros colegas, y evalúa situación por situación de arreglo con la experiencia, la formación, las limitaciones y el deseo de cada terapeuta.
4. Niveles de intervención
Los psicoanalistas de niños atendemos a pacientes en estados carenciales tempranos, abandonos traumáticos, simbiosis de la primera infancia, trastornos narcisistas, neurosis y psicosis. Niños que cargan con secretos y mentiras de los padres, revelándolos en sus cuerpos (somatizaciones) o en sus síntomas. Llegan a la consulta como pacientes identificados de la conflictiva familiar, a veces síntoma de la pareja, otras sujeto sintomático en su estructura, y han de ser atendidos desde este conjunto familiar y parental, es decir, sin desdeñar los otros sujetos implicados, ni omitirlos, ni tampoco incluirlos a priori.
Las consideraciones éticas seran imposibles de eludir en algunos momentos cruciales de la práctica clínica, como por ejemplo:
- En las entrevistas de acogida y en las posibles o necesarias derivaciones.
- En la inclusión de los padres durante el proceso terapéutico: calibrar cuándo, cómo (con el niño o a solas), por qué, informando al paciente de lo allí tratado que le concierne.
- En el contacto y colaboración con otros profesionales, respetando el deseo del niño, la idoneidad de la información, alerta a complicidades o alianzas perturbadoras para el tratamiento.
- En el secreto y la confidencialidad del tratamiento, tanto para los padres como para los otros posibles implicados en la conflictiva.
- En la presencia de mentiras en la historia del niño, que colisiona con la búsqueda de la verdad, en el sentido freudiano de que «la verdad libera y también cura».
Conclusiones
La ética se halla articulada al peligro, al riesgo, al conflicto. Al peligro de dañar, causar un mal, perjudicar; al riesgo en que se pone a una persona o una situación por un mal obrar, o no hacerlo adecuadamente, sin observar los principios que guían tal actividad para prevenir el daño; al conflicto de intereses, juego de intereses contrapuestos: el del paciente, el de los padres, el de diferentes instituciones sociales.
En otras palabras, considero el método psicoanalítico al servicio de una tarea de arte-sanía, que apunta hacia la consecución de lo que Freud denominaba las profesiones imposibles (educar, gobernar y psicoanalizar), no sólo porque se las han de entender con diferentes manifestaciones pulsionales del sujeto, sino también porque apuntan hacia la consecución de una autonomía de la que se carece inicialmente. Este proceso creativo conjunto, en donde se re-crea la experiencia, donde cada sesión es diferente, que implica una interrogación constante –a priori y après coup–, puede asemejarse a una tarea de artesanía, trabajo basado en conocimientos adquiridos a través del estudio y de la práctica, que implica un proceso no repetitivo, diseñado según lo que se desea obtener y según el material con el que se está trabajando. La ética de esta artesanía en el área de la infancia ha de atender a las exigencias de la eficacia, al deseo del niño, a los límites de la demanda de los padres, y a las transferencias que puedan sobreimponerse en momentos críticos. En resumen, es la ética de una escucha a partir de una teoría, que permite la lectura de un material e interrogarse hasta dónde intervenir y al servicio de quién.
La ética se halla articulada al peligro, al riesgo, al conflicto. Al peligro de dañar, causar un mal, perjudicar; al riesgo en que se pone a una persona o una situación por un mal obrar, o no hacerlo adecuadamente, sin observar los principios que guían tal actividad para prevenir el daño; al conflicto de intereses, juego de intereses contrapuestos: el del paciente, el de los padres, el de diferentes instituciones sociales.En otras palabras, considero el método psicoanalítico al servicio de una tarea de arte-sanía, que apunta hacia la consecución de lo que Freud denominaba las profesiones imposibles (educar, gobernar y psicoanalizar), no sólo porque se las han de entender con diferentes manifestaciones pulsionales del sujeto, sino también porque apuntan hacia la consecución de una autonomía de la que se carece inicialmente. Este proceso creativo conjunto, en donde se re-crea la experiencia, donde cada sesión es diferente, que implica una interrogación constante –a priori y –, puede asemejarse a una tarea de artesanía, trabajo basado en conocimientos adquiridos a través del estudio y de la práctica, que implica un proceso no repetitivo, diseñado según lo que se desea obtener y según el material con el que se está trabajando. La ética de esta artesanía en el área de la infancia ha de atender a las exigencias de la eficacia, al deseo del niño, a los límites de la demanda de los padres, y a las transferencias que puedan sobreimponerse en momentos críticos. En resumen, es la ética de una escucha a partir de una teoría, que permite la lectura de un material e interrogarse hasta dónde intervenir y al servicio de quién.
ASPECTOS ÉTICOS DE LA INTERVENCIÓN CLÍNICA EN EL ÁREA DE NIÑOS, ADOLESCENTES Y VIEJOS
Letícia Escario
Como el tema es extraordinariamente amplio y complejo, voy a centrar mi comunicación en dos puntos:
El primero tiene que ver con un aspecto, o mejor dicho con una particularidad de la asistencia al adolescente. Me refiero a la paradoja que de alguna manera protagoniza su identidad, a la contradicción entre dependencia-independencia. El adolescente es independiente porque tiene capacidad para tomar decisiones, seguir iniciativas, tiene un pensamiento ideológico, unos proyectos de futuro, relaciones sexuales. Pero es dependiente, es obvio señalarlo, porque todas estas capacidades embrionarias, en estreno permanente, se tambalean tanto por sus propias inseguridades y temores, como por las presiones del entorno adulto que le colocan en su punto de mira y le someten a sus propias contradicciones e inseguridades.
El adolescente, cuando finalmente llega a la consulta después de un forcejeo con él mismo, ya que someterse a la observación del psicólogo-adulto le exige soportar el temor a ser visto infantil, limitado, anormal y sin salida, y de haber superado también el forcejeo con el entorno adulto al que siente llevándole irremisiblemente a pasar por el aro, cuando supera estas ansiedades, necesita ser recibido y atendido ya en el mismo momento en que se plantea la consulta y después, en la más absoluta y total privacidad; de no ser así, la fantasía de complicidad entre los adultos dispuestos a todo para la comida de coco para controlarlo, hacen difícil a mi entender el llevar a término el proceso diagnóstico y la propuesta terapéutica si fuera necesaria. Las ansiedades paranoides refuerzan sus resistencias; de ahí que la recepción inmediata y en las condiciones que el adolescente desee, sin la presencia en la mayoría de los casos de los padres en un primer encuentro, sea, desde mi experiencia, imprescindible.
Pero al ser dependiente de los padres o sustitutos, qué hacer cuando por ejemplo se presenta solo porque le aconsejó un amigo o alguien de la escuela: existen unos aspectos legales que al menos al principio, y hasta que podemos orientar el caso, respaldan la actuación en privado del profesional, y son los siguientes:
"Actas de servicios de salud para menores"
Permiten tratamiento médico sin consentimiento paterno
En España:
Art. 162 del Código Civil
"Acto personalísimo" o Derechos personalísimos que exceptuen la patria potestad
Actos relativos a los derechos de la personalidad y otros que el hijo, de acuerdo con las leyes y con sus condiciones de madurez, pueda realizar por sí mismo.
Menores "emancipados de hecho", "con madurez"
Excepciones tipificadas por los legisladores que eluden el requisito de consentimiento paterno.
Después será con el adolescente con quién negociaremos la presencia de sus padres, imprescindible para poder hacer un diagnóstico fiable. Nos hace falta datos de la anamnesis para diferenciar si el conflicto que presenta es transitorio-reactivo, propio de la crisis, si está presente a lo largo de la evolución sin modificación, si se ha reavivado en este preciso momento evolutivo, etc. Nos hace falta saber si el entorno es patológico, es inexistente, si es colaborador, si es sano, etc.
Aquí también nos encontramos, creo yo, con otro problema importante y es el de la Información.
De qué, cómo y de cuánto hemos de informar al adolescente y a los padres o sustitutos. Creo que es imposible generalizar o establecer normas en este sentido; cada caso exigirá un planteamiento diferente.
Para el profesional es difícil diferenciar cuándo tiene que respetar la privacidad o cuándo es cómplice. La ansiedad a la que nos somete nos lleva muchas veces a tratarle como a un niño para que en definitiva sean los padres los que se encarguen, y se responsabilicen; éticamente no damos una oportunidad a sus aspectos adultos, preservando su intimidad.
Pero otras veces busca la complicidad en conductas de las cuales la responsabilidad emocional e incluso legal aún es de los padres y ahí debemos hacerle ver que no seremos cómplices de una situación de riesgo para su vida o su salud mental, "respetando" su intimidad. Hay indicadores que nos ayudarán en estas situaciones que pueden ser transitorias y arriesgadas, que responden a una necesidad de verificar en la actuación determinadas capacidades en evolución, a diferencia de otras situaciones cronificadas, persistentes, que justamente dan idea de incapacidad e irresponsabilidad, lo cual requiere la presencia del adulto para que llegue donde el adolescente no puede llegar.
El segundo punto que quisiera enfatizar tiene que ver con la información, concretamente con el etiquetaje diagnóstico.
El adolescente, en cuanto que independiente, es un ser informado que además busca información, hasta el más pasota, o éste quizás más que ningún otro, se cuelga de la tele o de los medios de comunicación. Así, los programas sobre anorexia, violencia, delincuencia, sexualidad, toxicomanía, sin duda atraen su atención, y no sólo del adolescente sino del entorno familiar, que cae en la trampa de la alarma social y ve anorexias o psicopatías o delincuencia en situaciones transitorias. Esto no me parece preocupante, pero sí el que desde los profesionales de la salud, de la educación, etc. caigamos en el furor diagnóstico, y nos precipitemos a diagnósticos a todas luces iatrogénicos, respaldados, eso sí, por el DSM IV. Un adolescente que se toma más o menos un año sabático porque psíquicamente necesita retrasar o detener su identidad adulta es un "fracasado", un fracasado escolar.
La chica a quien la proximidad de la playa, el viaje de fin de curso, la amiga íntima con novio, la lleva a una dieta de anacoreta es anoréxica; el chaval que, llevado de nostalgias de latente, hace campanas o roba las placas relucientes del BMW o Volvo es un delincuente o psicópata. O el que se inicia en el porro o en la pastilla del sábado noche es un adicto. La lista es interminable y tenemos constantemente ejemplos en la práctica ambulatoria, no quiero en absoluto minimizar las situaciones de riesgo a las que está sometido y vive el adolescente, pero sí quiero poner sobre la mesa el problema ético que plantea el diagnóstico precipitado, desproporcionado, hecho a presión de las limitaciones asistenciales muchas veces, pero también bajo la influencia de unos patrones sociales y culturales que sin duda nos afectan a todos.
Las consecuencias de estos diagnósticos precipitados y tendenciosos son recogidos por los medios de comunicación que los difunden creando reacciones en el adolescente, que van desde la hipocondría a la ignorancia más absoluta de esa información.
El profesional influye en los medios con sus diagnósticos, los medios los recogen, los convierten en epidemia, la sociedad los recoge a su vez cargados de ansiedad y así lo llevan a la consulta.
El adolescente se ve enfermo, anormal, y se defiende con la negación, la burla o la actuación; el "vas de anoréxica", de "autista", de "psicópata", de "paranoico", forma parte de su jerga habitual. Pero el adolescente también se hipocondriza, se enferma, no sólo se burla, y en cualquier caso su organización defensiva frente al agobio de la suma de presiones externas e internas hace difícil que le lleguen las medidas preventivas que las campañas de Salud ponen en marcha para proteger su salud mental y física.
Si me queda tiempo quisiera proponer otro punto a debate, y es el de los adolescentes sin familia, los que están bajo la tutela de los Servicios Sociales, y como la ausencia de MEMORIA, de una memoria relacional y afectiva, lleva a la utilización del informe como sustituto. De ahí que estos chicos y chicas pasen por la penosa experiencia del poli o pluriexamen psicológico, y que su corta existencia quede registrada en un Dossier cuyas dimensiones dan idea de la desproporción entre lo que el adolescente es y lo que se informa de él.
Para terminar, resaltar las dificultades de las particularidades de la asistencia al adolescente me llevan a plantear cómo hacer para preservar su derecho a la intimidad, su derecho al secreto profesional sin caer en patrones de relación seductores o de complicidades perversas con su identidad o con la de los adultos de su entorno, y como hacer para darle una respuesta a su demanda, clara, realista, higienizante, y no catastrofista o represiva. Espero que la discusión nos ilumine.
ÈTICA I DEONTOLOGIA EN RELACIÓ AMB LA VELLESA
Mercè Pérez
Ètica, deontologia i pràctica professional
Em resulta difícil separar l'ètica professional de l'ètica entesa globalment, és a dir, de l'ètica com a persona, com a ciutadana. Potser perquè anar subdividint l'ètica en diverses i diferents ètiques em condueix a pensar en el cultiu de la incoherència o en la possibilitat de jugar a diferents jocs segons qui en tingui la mà, dit d'una altra manera, de ballar segons la música que mana. Sostenir uns valors ètics, una ètica, es tradueix en consistència humana i també professional.
L'ètica transcorre des de l'àmbit privat al públic. S'inicia abans que la pràctica professional. D'altra banda, la deontologia es refereix a l'àmbit d'activitat professional, àmbit públic. És a dir, la deontologia ens ha de permetre establir unes regles d'actuació professional que emmarquen i regulen la pràctica professional; potenciant i preservant un ordre en les actuacions individuals així com les formes de garantir a la societat allò que anomenem una correcta pràctica professional. Per tant, entenc que la deontologia es configura com un factor generador de confiança de la societat vers els professionals.
A la deontologia dels grups professionals es correspondria en els sectors productius o en els de serveis –en aquells no referits a una definició professional, podríem dir clàssica– les assignacions de qualitat.
Així, és a partir de la pròpia ètica, com els psicòlegs afrontem les diverses situacions quotidianes de la nostra pràctica professional, les quals habitualment no analitzem en termes de la deontologia de la professió. Per sostenir la pràctica professional ens ajuden certament les referències a una teoria i les modalitats d'estudi, revisió i contrast que emprem. En aquest sentit, recordo que a mitjan anys 80 el Col.legi va encarregar un estudi de la situació dels professionals a Catalunya. Una de les dades que resultava més sorprenent a les persones alienes a la professió era la relativa a l'elevat grau de dedicació a activitats de formació continuada en modalitats diverses. Aquest aspecte pot analitzar-se en diferents direccions, una d'elles la percepció de necessitar més formació després de la llicenciatura; l'altra s'orienta a considerar l'activitat professional com una acció que requereix estudi i contrast continuadament, complint aquests una funció estructurant.
Algunes consideracions en relació amb la vellesa
Pensant sobre l'ètica i la deontologia en relació amb la vellesa, m'ha semblat interessant presentar una sèrie de consideracions i plantejar en aquest sentit una sèrie de preguntes. Poder-nos interrogar és una via que estimula el diàleg, condició necessària per tal que l'ètica es mantingui viva.
Les idees que proposo per pensar respecte a l'ètica i la deontologia provenen d'una diversitat d'experiències. Unes són experiències referides al camp gerontològic en activitats de planificació i direcció de serveis, de formació i també en el treball directe amb les persones velles. Altres idees arrelen en les reflexions relatives a les pràctiques professionals dels psicòlegs. Són reflexions nascudes durant els períodes en els quals vaig participar i dirigir els equips de govern de la institució col.legial.
La primera consideració és la relativa a la formació universitària. Cal recordar la inexistència de formació relativa a l'envelliment i la vellesa en la formació universitària per una part important dels professionals actualment en exercici. El panorama actual, malgrat l'existència de l'envelliment de la població i la divulgació d'aquest fet, no ha canviat substancialment pel que fa a la formació durant la llicenciatura, mentre que sí que ho ha fet en la formació de postgrau. Són variats els factors que concorren en aquesta situació i la seva anàlisi se situa, en part, fora del tema que tractem en aquesta taula. Assenyalaré, però, un d'aquests factors que al meu entendre connecta amb el tema que ens ocupa. Es tracta del rebuig a la vellesa i als seus significats per la nostra societat. És ètic obviar aquest rebuig?
La segona consideració que vull esmentar fa referència a l'assimilació establerta durant molt de temps entre vellesa i malaltia, afegint-s'hi el caràcter d'incurabilitat, és a dir, sense remei. Si la vellesa es considera així des d'una predominança reductiva del registre biològic, pot tenir un lloc la vellesa des d'una perspectiva psicològica? Quin lloc? Els inicis de la psicologia en el camp de la vellesa giren entorn del dèficit. Podríem dir que d'alguna manera repetien el mateix model. Amb posterioritat l'evidència de la plasticitat conductual o dels resultats de psicoteràpies per a persones d'edats avançades han posat en qüestió les aproximacions inicials.
En aquest sentit, ens podem formular la pregunta: és ètic, actualment, abordar la vellesa des d'una perspectiva deficitària?
La tercera consideració que plantejo fa referència al caràcter homogeneïtzant / uniformitzant que s'aplica emprant la categoria social "vells", com a referència i com a argument. Tot i estar demostrada la diversitat dels processos d'envelliment, tot sovint l'explicació..."perquè és vell ", continua formulant-se com a explicació. I al seu voltant prossegueixen el conjunt de prejudicis amb els efectes nocius d'autocompliment entre les mateixes persones velles.
També aquí, en aquest punt, ens podem formular una pregunta: la utilització abusiva del denominador comú "vell" té alguna relació amb l'ètica? Dit d'una altra manera, és acceptable èticament?
La quarta consideració que vull plantejar fa referència a l'etiquetatge, emprat per exemple en relació amb les persones que pateixen la malaltia d'Alzheimer. "És un alzheimer", o "els alzheimers" són expressions gens infreqüents. A la vegada que fan estigma i marquen barrera entre "ell" i nosaltres, aquests etiquetatges són el primer graó per a la desaparició del subjecte. Esdevenen la seva marca d'identitat, per tant anul.len la singularitat individual. La persona, amb la seva història, desitjos i interessos, queda diluïda, amagada sota la malaltia. Investigacions efectuades, a partir de les entrevistes sostingudes amb persones afectades de demència, han posat de manifest el manteniment de la identitat personal en aquestes persones. En canvi, les intervencions s'orienten més cap a una finalitat instrumental, les quals, d'altra banda, permeten una més fàcil estandardització de procediments i de resultats. Té quelcom a veure l'ètica professional amb aquestes situacions?
El conjunt d'interrogants presentats no són preguntes que es formulin per primera vegada. Valgui com a exemple i, especialment com a referència, els treballs desenvolupats per autors com Kitwood (1), Mannoni (2), Salvarezza (3) i els realitzats en el marc de xarxes europees com el grup Saumon (4) o el grup T.T.S. (5) amb els quals he pogut compartir estudi i discussions. Aquests són, però, interrogants que necessiten expandir-se, si pretenem que les qüestions ètiques formin part activa d'una pràctica professional de qualitat.
He seleccionat aquestes consideracions, ben segur conegudes per aquells col.legues que treballen en relació amb la vellesa, perquè al meu entendre són il.lustratives de l'actualitat en l'atenció a la vellesa. Es tracta de qüestions presents en els escenaris en els quals treballem els psicòlegs. També cal dir que els psicòlegs som presents minoritàriament i en menor proporció que altres professionals. Ç
La dimensió psicològica en l'atenció a la vellesa esdevé un component sovint incorporat; potser fóra més adient assenyalar-lo com un component diluït, en l'activitat que desenvolupen altres professionals. Aquesta qüestió podria analitzar-se evidentment en termes de manca d'inserció de la professió, o en termes dels límits econòmics amb els quals opera el sector públic i la influència d'aquest sector en les iniciatives d'altres sectors. Segons la meva opinió, al costat d'aquests aspectes ens convé tenir present algunes de les consideracions presentades anteriorment en la mesura que són expressives del discurs més estès en l'atenció a la vellesa.
Sovint les actuacions professionals en el camp de la vellesa comporten el treball amb les persones que estan en contacte amb els vells. Aquestes poden ser els familiars –el marit o la muller, els fills– o altres professionals. La tendència a considerar que aquells que en tenen cura són els que millor poden parlar en nom de la persona vella produeix una retirada d'aquesta a la posició de ser qui pateix, qui necessita i, a la vegada, qui no pot expressar-se.
Ben segur, altres col.legues en altres camps d'activitat observen aquest fenomen, referit al funcionament de dinàmiques institucionals o de dinàmiques familiars. En el camp de l'atenció a la vellesa es tracta d'una característica que es repeteix constantment i, segons el meu parer, convé considerar-la com un element estructurant. Certament, és una qüestió a considerar des del punt de vista terapèutic, però també em sembla una qüestió a considerar des de l'ètica. Sovint, els professionals som consultats o tenim l'encàrrec d'una institució de serveis en relació amb les persones velles; aquestes, però, no són les que s'adrecen a nosaltres. Aquesta situació pot resultar refermadora del que dèiem anteriorment. D'altra banda, la recerca de determinats tipus de rendiment fa complexa la relació entre temps contractat i temps requerit per un abordatge que assagi recuperar la posició de la persona vella.
El darrer aspecte que plantejo a debatre fa referència a la dificultat d'admetre la diferència en les nostres societats europees. Ritme trepidant, resposta ràpida, són valorades positivament. Les persones velles no responen a aquests valors en alça. Esdevé complicat o inassequible trobar un lloc social amb reconeixement. Una vegada més, ens convé auspiciar formes de pensar creatives que ens permetin desfer allò que el pensament únic pretén que ens creiem.
Notes
(1) Kitwood, T. Towards a Theory of Dementia Care: The Interpersonal Process. Ageing and Society, 13, 1993, 51-67.
(2) Mannoni, M. (1991) Le nommé et l'innomable. Le dernier mot de la vie. Ed. Denoël (trad. cast. Lo nombrado y lo innombrable. Nueva Visión, Buenos Aires, 1992).
(3) Salvarezza, L.(1988) Psicogeriatría, teoría y clínica. Paidós, Biblioteca de Psicología Profunda, Buenos Aires.
(4) El Grup SALMÓ és una xarxa europea iniciada l'any 1993 arran de la convocatòria de l'Any Europeu de la Gent Gran i la Solidaritat entre les Generacions i coordinada per la Fondation de France. Els seus treballs estan referits a les petites unitats de vida, definides com una alternativa a les formes tradicionals d'habitatge i assistència per a les persones velles.
(5) El Grup TTS (Teaching, Training and Support) és una xarxa europea referida a les accions de formació i suport per als cuidadors –familiars, professionals i voluntaris– de persones afectades d'Alzheimer o d'altres formes de demència.
PSICOLOGÍA Y ÉTICA: UNA IRREDUCTIBILIDAD BÁSICA
(Resumen de intervención en el ciclo sobre deontología profesional en el área de adultos.)
Enrique De la Lama
Desde el formalismo moral se ha acusado a Sigmund Freud (creo que falazmente) de contribuir a disolver la idea de responsabilidad: Al subrayar y destacar las determinaciones inconscientes de la conducta, creen algunos que Freud socava la capacidad de los individuos para reconocerse responsables de sus actos. También se ha querido afirmar que cuando el pensamiento social progresista formula ciertas leyes y modelos sobre la mala distribución de recursos, la injusticia universal queda libre de consideraciones éticas. Ambas lecturas son malintencionadas o se apoyan en la ignorancia. ¿Diría alguien que Sócrates contribuyó a la irresponsabilidad de los humanos al afirmar que virtud es conocimiento y que el mal procede de la ignorancia? ¿Debería acusarse también de amorales a Voltaire y a Rousseau?
La psicología de Sigmund Freud es la única psicología social que asienta la responsabilidad y la culpa sobre bases fisiológicas: El humano es responsable porque está biológicamente construido para prever, recordar y aprender de la experiencia, y no puede, en consecuencia, dejar de sentirse fisiológicamente compelido a experimentar culpas y remordimientos de lo pasado, o a desear perdón y esperanza para el futuro. Esto es la etología humana: una Ética de fundamento biológico. Atentar contra estas posibilidades que fueron biológicamente construidas en el devenir evolutivo de la especie humana es, para Freud, generar sumisión e irresponsabilidad mediante la represión, la disociación y el fraccionamiento del natural despliegue madurativo de la persona. Es esta profunda confrontación de Freud con los poderes excesivos de la represión que somete y fragmenta los recursos de la humanidad, es este freudiano desenmascaramiento de las fuerzas, biológicas y sociales, que explotan la miseria de la especie humana, lo que, en definitiva, disgusta a los formalistas éticos: malintencionados o ignorantes, aunque a veces revestidos de erudición académica.
Quiera o no reconocerse así, Kant y Freud van de la mano: cuando en 1793 el filósofo de Königsberg escribe que las mujeres y los hombres somos "animales" porque estamos vivos o animados, "humanos" porque hablamos y razonamos, y "personas" porque respondemos socialmente de nuestros actos, está abriendo caminos hacia un Freud que si, por un lado, se niega a acusar al individuo infeliz de las decisiones socioculturalmente insufladas por la acción directa de sus predecesores, de sus propios padres incluso, por otro lado afirma sólidamente la posibilidad de que cada sujeto aprenda a reconocer sus motivos y quereres inconscientes, pueda revisarlos y evite alegar ya nunca más ignorancia o inocencia por los sometimientos, para que a cada humano le sea posible conquistar la autonomía de sus libres determinaciones como adulto, superando posiciones infantiles que fueron indeleblemente grabadas a fuego en las entrañas inconscientes y que se repiten mediante reiteradas transferencias, siempre actualizadas. Tomar conciencia de ello y sufrirlo es la adecuada medicina para abandonar las transferencias infantiles.
Salvo que se trate de una deliberada opción por la barbarie más feroz, ya nadie podrá afirmar que el Psicoanálisis no será necesario siempre en algún modo y medida, aunque varíen las formas y las visiones históricas de su práctica: unas más epicúreas en torno al conflicto entre principio de placer y principio de realidad; otras más estoicas en torno al conflicto entre los aspectos narcisistas y socialistas de la mente (Bion): entre la tranquila calma individual y la esforzada y dolorosamente activa virtud de avanzar en la justicia de todos para todos.
Aplicando todo lo anterior al terreno clínico, tendremos que: cuando una persona consulta a un psicólogo de orientación psicodinámica, debe saber que, como consultante, se arriesga a asumir todas las consecuencias de "dialogar aclarando"; se arriesga a realizar un gran esfuerzo por llegar a ser un adulto que quiere pagar el precio adecuado por el dolor y el placer de estar vivo, y a cargar con el enorme peso de su libertad de decisión, reconociendo, además, el riesgo destructivo que comporta el intento de aliviarse permaneciendo infantil e irresponsable: sometido y drogado.
"Dialogar aclarando" es el objetivo medicinal de la propuesta freudiana y a él debe ordenarse la buena técnica, tanto en la fase exploratoria (para permitir que el consultante se informe, gane claridad y decida libremente si quiere o no quiere tratarse), como en la fase terapéutica (para que pueda llegar a mantenerse internamente vivo un tipo de diálogo que, en lo externo, sólo debe concluir cuando terapeuta y consultante juzguen firmemente establecida la posibilidad de no cerrarse nunca).
TAULA RODONA: ASPECTES ÈTICS DE LA INTERVENCIÓ PSICOLÒGICA EN ELS SECTORS DE LES ORGANITZACIONS, LA XARXA SANITÀRIA, LA JUSTÍCIA I L’EDUCACIÓ
ASPECTOS ÉTICOS EN LAS INTERVENCIONES INSTITUCIONALES
José Leal
Esperad y sembrad
como siembra el viento las estrellas,
pues llegará el otoño de los frutos.
Si manteneis en calma la mirada,
si aun en la luz sois claros,
sed muy flexibles, respirad con paz
como la luz respira.
Ni el junco, ni el aroma, ni la luz,
se quiebran.
(Antonio Colinas. Libro de la mansedumbre.)
Quiero, en primer lugar, felicitar a los compañeros y compañeras de la Comisión Deontológica por la organización de estos encuentros y darles las gracias por invitarme a tratar sobre dos cuestiones que me son especialmente queridas: las referidas a los aspectos éticos de nuestra profesión y los temas institucionales.
Participé hace ya 8 años, en enero de 1987, en la elaboración del Código Deontológico de los Psicólogos del Colegio Estatal. En mayo del mismo año la Junta del Col.legi de Catalunya me encargó la creación de la Comisión Deontológica que fue constituida con un grupo de compañeras y compañeros que llevamos a cabo la realización del Código Deontológico. La aprobación del mismo tuvo lugar el dia 2 de Noviembre de 1.989 en la Junta
General de Colegiados. Además de un hecho importante en la formalización de la estructura colegial y de la profesión de psicólogo, para mí fue una gran satisfacción el trabajo en equipo en el que compartimos situaciones muy nuevas, interesantes y enriquecedoras. De aquellas tareas me quedaron también unas relaciones de afecto de las que me siento muy orgulloso.
En cuanto a las instituciones, mi interés procede de distintos lugares. Como sujeto social, es decir, sujeto psíquico y a la inversa, la institución me constituye y, a la vez, constituye una parte importante de mi hacer profesional.
A muchos de nosotros nos ha tocado vivir en un momento histórico de grandes movimientos instituyentes en los que nos incluimos por muchas razones, algunas de compromiso diríamos político y ético. Luchamos contra la dictadura, contra un modo de entender la salud y la enfermedad y el poder de los profesionales; trabajamos por la participación, por la apertura de las instituciones opresoras, por la democratización de las instituciones profesionales, por los derechos de todos a la salud, la educación, la cultura, etc. Todo ello nos proveyó de muchas satisfacciones y de algunos sufrimientos. A mí me interesó muy rápidamente la dinámica de las instituciones a las que muy prontamente percibí como lugares contradictorios. Nacen, según sabemos por el pensamiento freudiano, para evitar el sufrimiento pero rápidamente generan malestar. Descubrí también que podían ser un lugar de crecimiento pero también de empobrecimiento, que podían sanar y enfermar, liberar y encadenar, instruir y adiestrar, etc. De ahí surgió mi interés por ellas. A lo largo de los años he tenido ocasión de aprender de todos aquellos que desde su pertenencia a instituciones (de salud, de educación, de servicios sociales, de justicia, etc.,) han confiado en mí como acompañante o co-pensor de sus proyectos y sus dificultades.
Además de mi trabajo como asesor y supervisor de Instituciones, mi práctica profesional se desarrolló en el campo clínico/asistencial y en la docencia, sobre todo, con equipos profesionales multidisciplinares. Y no me es muy fácil pensar los problemas éticos específicos en cada uno de los campos citados (clínica, docencia y supervisión).
Yo creo que la intervención, y la ética, de todo profesional está forzosamente influida por al menos tres factores.
Uno es la historia personal del profesional y sus modos aprendidos de entender el mundo. En la práctica profesional uno se mueve, sin un propósito explícito, según parámetros que aprendió en el entorno familiar y en los espacios primeros de socialización: el respeto a las personas, la protección de sus derechos, la solidaridad, la sinceridad, la justicia, la prudencia, la comprensión, el cuidado de lo que es público y compartido, la responsabilidad, la tolerancia, la buena educación, etc.
Un segundo grupo o fuente de influencia sobre la práctica profesional procede de lo aprendido en la facultad; aunque de cuestiones éticas se hablaba poco, sí puedo recordar modos de decir y transmitir la profesión de los que reconozco alguna influencia.
Un tercer grupo de actitudes proceden de los primeros aprendizajes profesionales, en mi caso, muy prontamente marcados por el psicoanálisis y por los psicoanalistas, que me ayudaron a descubrir una teoría liberadora y socialmente comprometida. De ellos aprendí que cada sujeto tiene su verdad, que detrás de los síntomas hay sufrimiento y goce, que el paciente quiere curarse pero a la vez lo teme, que el sujeto psíquico es sujeto social porque se construye en los vínculos y que conocer y respetar su historia es muy importante. Aprendí también que la práctica debe estar sustentada en una teoría para evitar caer en la ideología o en el espontaneismo voluntarista, pero también que no hay teoría completa y que ésta no puede convertirse en instrumento de poder y dominación y, por tanto, que deben ser respetados otros marcos conceptuales y disciplinarios con los que hay que coexistir creativamente en las instituciones.
Me transmitieron una concepción del sujeto, del objeto sobre el que trabajar (salud, enfermedad, etc.) y de la importancia del contexto.
Una cuarta fuente en mi reflexión sobre la ética profesional la reconozco en mis compañeros psicólogos y de otras profesiones colindantes con los que he compartido y comparto inquietudes y experiencias.
No es difícil con todo ello llevar a cabo una práctica profesional ética y deontologicamente sustentada.
Los mayores problemas en mi actividad profesional han procedido de las exigencias o sobredeterminaciones que se han producido en las organizaciones de las que he formado parte. Y salvo excepciones es lo que observo también en mi práctica como asesor y supervisor en instituciones.
Soy llamado por los grupos e instituciones para diversas tareas que más adelante comentaré.
Generalmente, al tratarse de instituciones casi siempre públicas, no siempre quien formula la demanda es quien va a participar en el trabajo. Con él o ella acuerdo elementos básicos para la intervención institucional: medios necesarios para el equipo y para mí, creación de condiciones para la actividad. Establezco también el marco posible de comunicación que estableceré con la dirección que propone el encargo y que será conocido por el equipo o servicio con quien a continuación estableceré mis acuerdos de trabajo.
Un tema importante es delimitar hacia quién tiene uno deberes éticos. Yo creo que hacia todos aquellos que intervienen en que el proceso sea llevado a cabo: quien encarga y sufraga la intervención y quien participa en el desarrollo de la misma. Ésta es una muy compleja situación porque con alguna frecuencia tales actores están enfrentados o mantienen relaciones complicadas. Ante ambos me comprometo a cumplir mis deberes éticos y les exijo compromiso también de los suyos.
Cada institución es un mundo y las variedades entre ellas, así como las similitudes, son muy altas.
Voy a intentar concretar alguna de las cuestiones por las que soy consultado y los comportamientos profesionales que en cada una de ellas tengo.
Cuando soy llamado como supervisor de tareas concretas, generalmente clínico-asistenciales de los equipos priorizo, porque es su pedido, esta dimensión pero no puedo soslayar los efectos que sobre la acción clínica tienen las características institucionales, a veces, en términos de sobredeterminación.
Otras veces la demanda que se me formula está más claramente referida a la dinámica grupal e institucional en varias situaciones.
Una de ella es en los inicios de un proyecto. Mi ayuda consiste en acompañar a los participantes en su pensar y aportar, desde mi posición de externidad, aquellos elementos que faciliten la puesta en marcha del proyecto en las mejores condiciones técnicas y con las mayores salvaguardas éticas.
Otras veces intervengo como acompañamiento en el proceso. Se trata, con frecuencia, de favorecer el proceso que lleva a generar una adecuada pertenencia grupal y a precisar la pertinencia de la tarea.
En estos dos tipos de demanda los intervinientes partimos de una ética compartida el reconocimiento de la cual nos lleva a la colaboración.
Un tercer grupo de demandas se producen en situaciones de dificultad más o menos seria y a veces, grave. Podríamos distinguir dos situaciones. Una sería aquella en que el malestar grupal o institucional es debido a exigencias procedentes de algún lugar de la institución que, con frecuencia, sobrepasa las posibilidades del equipo o les expone a contradicciones o incluso al riesgo de bordear las infracciones éticas. Mi función en estos casos es ayudar al equipo a delimitar las sobredeterminaciones que sobre su tarea impone las características de la institución. Consiste también en ayudarles a poner una cierta distancia que permita hallar caminos, buscar alternativas que pasan por la modificación del modo de vincularse con la organización. A veces es acompañarles en la dificultad y poder hacer posible lo posible, que en algunas instituciones es casi un milagro.
Cuando los profesionales comparten criterios éticos suficientes esta tarea no suele ser difícil y no me exige vigilancias éticas especiales.
A veces siento como obligación, y la realizo si el equipo lo cree conveniente, transmitir a personas claves de la organización el desajuste entre la tarea que quiere llevar a cabo y los déficits en la organización que tiene repercusiones nocivas sobre los profesionales y quizás también sobre los usuarios.
La más difícil situación se produce cuando la demanda tiene que ver con dificultades de alta intensidad en el equipo o institución y está acompañada de maltrato de los miembros entre sí o hacia los usuarios. Entiendo esta situación como efecto sobre los sujetos de las condiciones a veces altamente patógenas de la institución, que les impregna. Los sujetos se hacen cargo de las fracturas de la institución. Ésta sobredetermina sus prácticas pero el modo en que cada equipo hace frente a dicha sobredeterminación tiene que ver con el equilibrio previo de que disponen como sujetos y equipo. Felizmente no son muy frecuentes situaciones de tan alta dificultad. En tales casos la función del supervisor es fundamentalmente de garante de una ética básica, de la no agresión, del respeto, de la solidaridad. Las condiciones que impongo en tales situaciones son muy claras: doy garantías de mi sujeción a una ética y a unos principios deontológicos sabidos y exijo un compromiso expreso de su sujeción a los mismos principios. Su infracción será señalada por mí y una no pronta resolución puede llevarme a replantear mi continuidad en la tarea.
Con alguna frecuencia los sujetos en la institución pierden la capacidad de darse cuenta de lo patológico de sus comportamientos y sienten como normales comportamientos, entre sí o con sus usuarios, que son altamente cuestionables. Ulloa lo define como caracteropatía grupal o institucional. Hay que estar muy atento a esos comportamientos y señalarlos con rigor. Los efectos de esa toma de conciencia son claramente terapéuticos aunque no se trate de una psicoterapia.
Hay situaciones de muy difícil solución. Algunas se resuelven a través de cambios personales que llevan a la búsqueda de otros lugares en los que poder desarrollar un proyecto más sintónico con los principios de una ética solidaria en lo grupal, lo institucional y lo social.
En otras ocasiones la toma de conciencia puede llevar al grupo a la ruptura de la estereotipia, como efecto de un aprendizaje que posibilita cambios.
En todo momento el supervisor ha de estar muy alerta de mantener una distancia que le permita operar: ni muy cercana de modo que limite su campo de percepción ni muy lejana porque no podría operar, funcionando su lejanía como una defensa poco operativa.
No es usual haber de terminar una intervención por incumplimiento sostenido de los principios éticos que regían la tarea para la que fui llamado. Los incumplimientos suelen proceder de núcleos resistenciales intensos que se instalan, por lo general, en algún lugar de la organización y frente a los cuales el resto del colectivo o grupo mantienen una actitud si no benevolente, sí ambigua. El replanteamiento de la tarea y cuando es necesario la interrupción de la misma puede facilitar la aparición de sentimientos de culpa y de un estado grupal de carácter depresivo que permita mover a cambios.
Entender todos los procesos que se generan en una institución no es tarea fácil. Para ello es básico entender que la Institución no es algo externo a cada sujeto. Que cada uno tiene una parte de sí comprometida en la institución y una parte de la institución dentro de sí.
La tarea profesional en las instituciones requiere una alta dosis de comprensión de la complejidad que le es inherente y que procede de los factores individuales, grupales, organizacionales y los propios de la tarea que están puestos en juego.
Pensar la ética desde la posición de asesor o supervisor externo implica comprometerse solidariamente en el trabajo de los muchos que día a día se esfuerzan por sustraerse a las estereotipias y por hacer que las instituciones cumplan del mejor modo sus objetivos. Hechos que, sabemos, no siempre son fáciles.
ASPECTES ÈTICS DE LA INTERVENCIÓ PSICOLÒGICA EN L'EDUCACIÓ
Lluís Maruny
Pensava triar temes transversals, comuns als ponents de la taula. La idea de fons és que l’esperit crític en l’exercici de la professió és un principi ètic fonamental. Triaria dues qüestions:
1. La vessant educativa de qualsevol intervenció psicològica institucional.-
2. L’exercici professional en el marc de les institucions i organitzacions fortament burocratitzades.
1. La vessant educativa:
a) Si l’educació comporta un cert grau de coerció, les institucions –no solament les educatives– generen un cert grau de violència institucional de la qual els psicòlegs podem fer-nos còmplices i/o col.laboradors: normatives repressives, tendències a l’expulsió, rebuig de les diferències, actituds discriminatòries, etc. Educar en la diversitat requereix accions positives i no és suficient evitar o ometre actituds negatives.
b) L’educació comporta imposició de models culturals precisos (dominants). Al marge dels problemes de coherència entre el missatge explícit i els models reals implícits, es plantegen d’altres interrogants. Quins són els models de «bon alumne» (bon malalt, bon pres, bon usuari de serveis socials, etc.) que determinen les actituds dels educadors/professionals? I, encara, el tema de la diversitat: a les escoles i als instituts d’ESO, per exemple, sorprèn el contrast entre la diversitat cultural dels alumnes i l’homogeneïtat cultural del grup de professors. La tendència homogeneïtzadora del treball educatiu comporta problemes ètics complexos en relació amb els processos d’adaptació, assimilació al model dominant, renúncia a les pròpies cultures, etc.
2. L’exercici professional en el marc de les institucions i organitzacions fortament burocratitzades.
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