Área privada


< Setembre 2010 >
Dl Dm Dc Dj Dv Ds Dg
30 31 1 2 3 4 5
6 7 8 9 10 11 12
13 14 15 16 17 18 19
20 21 22 23 24 25 26
27 28 29 30 1 2 3

JSSB

 

 

 

 

  

 

 

Inici arrow Publicacions arrow Materials del COPC arrow Número 3 - Ètica i deontologia de la intervenció professional en el camp psicològic
Materials del COPC

Número 3 - Ètica i deontologia de la intervenció professional en el camp psicològic PDF Imprimir Enviar a un amic
 

Ètica i deontologia de la intervenció professional
en el camp psicològic

Al llarg dels mesos d’abril, maig i juny de 1997, la Comissió Deontològica del COPC, va organitzar un cicle-debat sobre l’ética i la deontologia professional en el camp psicològic.

El cicle va comptar amb dues taules rodones, la primera relativa a la intervenció clínica en les àrees de nens, adoslescents, adults i vells, i la segona, a la intervenció psicològica en els sectors de les organitzacions, la xarxa sanitària, la justícia i l’educació. Una conferència de la Sra. Victòria Camps, catedràtica d’ética, va concloure el cicle.

L’alt nivell dels professionals que van intervenir, així com l’interés del tema per a tots els psicòlegs ens van aconsellar la seva publicació que esperem sigui «deontològicament» útil.

La Junta de Govern



TAULA RODONA:
ASPECTES ÈTICS DE LA INTERVENCIÓ CLÍNICA EN L'AREA DE NENS, ADOLESCENTS, ADULTS I VELLS


ASPECTOS ÉTICOS DE LA INTERVENCIÓN CLÍNICA EN EL ÁREA DE NIÑOS
Regina Bayo-Borràs

Empezar el ciclo-debate con los niños parece coherente con cierta secuencia evolutiva. Con ello se podría pensar que «La infancia está primero que todo lo demás...», pero esto, en realidad, sólo sucede en el orden biológico, ya que los niños no dejan de estar en los últimos lugares. Conviene recordar que, mientras la Declaración Universal de los Derechos Humanos cumple medio siglo, la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Niños fue aprobada hace apenas 8 años. Nos encontramos, en plena latencia de la aplicación de esos Derechos, o sea, en un período en el que suele predominar la represión, el olvido, o incluso la disociación entre la promulgación de los planteamientos ético-jurídicos y su puesta en práctica.

De entre los derechos que recoge la Convención del 89, los que nos atañen son:

  • Artículos 2 y 3.1. «En todas las medidas concernientes a los niños que tomen las instituciones públicas o privadas de bienestar social, los tribunales, las autoridades administrativas o los órganos legislativos, una consideración primordial a que se atenderá será el interés superior del niño.»

    La pregunta es: ¿Quién determina cual es el interés superior del niño?
  • Artículo 12, que trata del derecho de los niños a tener su propio punto de vista: «Los niños han de poder decir lo que piensan sobre cualquier cosa que les concierna. Lo que digan ha de ser escuchado con atención. Cuando los tribunales u otros organismos oficiales toman decisiones que les atañen, han de tener en cuenta lo que los niños sienten o desean. »

    El planteamiento es: ¿Se sabe escuchar a un niño atemorizado?
  • Artículo 16, sobre el Derecho a la intimidad: «Los niños tienen derecho a la intimidad personal, es decir, no se les ha de abrir sus cartas personales y nadie ha de escuchar sus conversaciones telefónicas, por ejemplo.»

    Otra pregunta: ¿Esta vigente este derecho en las familias actuales?
  • Artículo 17, sobre el Derecho a la información: «Han de conocer sus derechos, entre los cuales está el de recibir cuidados y asistencia para su salud física y mental.»


Aparte de buenas intenciones, ¿hay alguna actuación institucional eficaz sobre este derecho?

Respecto de lo que aquí nos ocupa más especificamente, estos derechos dan lugar a una serie de articulaciones con los aspectos éticos específicos de las intervenciones clínicas y que desarrollo a continuación:


1.- Con análisis de la situación –personal y familiar– en la que se encuentra el pequeño paciente. (Aspectos éticos del proceso diagnóstico.) (No etiquetar.) La ética de no etiquetar, y, bien al contrario, la necesidad de abordar cada caso según sus necesidades, teniendo en cuenta tanto la atención preventiva como la asistencial.

En cuanto al posicionamiento ético del análisis diagnóstico, podemos contemplar estas cuestiones:

2.- La formación específica del profesional que atiende niños y adolescentes. (Aspectos éticos respecto de la formación profesional.) (Prevención del análisis silvestre.)

3.- Los principios generales que orientan y rigen la clínica psicoanalítica. (Aspectos éticos respecto de la asistencia.) (No reeducar, educar, sugestionar, dirigir, etc.) Principio de Abstinencia.

4.- El análisis del encargo institucional que puede recibir el psicólogo clínico: alcances y límites de sus intervenciones. (Aspectos éticos respecto de la intervención o colaboración institucional –informes, peritajes, etc.–, con el consiguiente riesgo de ser cómplice de intereses perversos.)



1. Aspectos éticos y análisis diagnóstico de la situación

La intervención clínica en la infancia en diversos ámbitos, educativos o sanitarios, requiere abordajes asistenciales diferenciados, con objetivos preventivos o de alcance terapéutico. Poder discriminar cuándo conviene implementar uno u otro es un cometido de principal importancia para no generar la iatrogenia que desgraciadamente nos encontramos: por ejemplo, padres que llegan a la consulta después de haber recorrido un sinfín de dispositivos asistenciales, públicos o privados, en los que no han encontrado la evaluación diagnóstica adecuada, y han quedado atrapados en largos, costosos y difíciles procesos médicos, logopédicos o reeducativos, que sólo han contribuido a alargar el tiempo de sufrimiento y, en ciertas ocasiones, a cronificar la patología.

Ámbitos como la guardería, la escuela o el hospital general son lugares privilegiados para realizar intervenciones clínico-preventivas de la salud mental de los niños ahí acogidos, y donde se detecten las dificultades que requieran ser atendidas psicoterapéuticamente. Es importante también reflexionar sobre los límites de intervención del psicólogo clínico en el ámbito judicial y social.

El objetivo general es que puedan quedar orientadas con eficacia las demandas de los consultantes y de los pacientes, sobre todo en relación al coste de la ecuación tiempo-dinero.

A todo esto hay que añadir que las situaciones familiares y sociales que rodean la infancia contemporánea han sufrido notables modificaciones, en sus características, en su estructura interna y en las funciones parentales, cuyo análisis diagnóstico merece una atención especial, pues nos pueden colocar al borde de alianzas perversas o de colisiones con otros estamentos sociales.


2. Aspectos éticos y ejercicio profesional

Las características de la práctica clínica con niños –actuar en niveles de intervención diferentes– implica que los profesionales de la salud mental debamos reunir ciertos requisitos, sin los cuales estaríamos «en falta» con los principios éticos generales planteados por Freud en su momento, y que fueron matizados y ampliados por sus continuadores en el campo de la infancia: se refieren al análisis personal, a la formación teórica y a la supervisión de la práctica clínica. Sin este trípode donde sustentarla, la intervención clínica psicoanalítica estaría «dañada» en sus fundamentos. La responsabilidad o la ética del analista no puede ser diferente a su responsabilidad como ser humano, ya que nosotros, como personas, no estamos fuera ni somos ajenos a la tarea que tenemos entre manos, por lo que todo lo que ocurre en la transferencia o transferencias –es el caso de la clínica con niños– nos compromete y nos obliga a veces a tomar decisiones importantes. Esto se hace más pertinente cuando se trata de psicólogos con poca experiencia, que asumen situaciones que les sobrepasan sin la necesaria supervisión, sin el marco teórico para entenderlas, o sin el tratamiento individual imprescindible para mantener la distancia suficiente y no confundirse con la problemática que están abordando.

En definitiva, hay aspectos éticos que el terapeuta debe tener en cuenta en relación a su identidad profesional y unos principios que debe respetar, porque ha adquirido una importante responsabilidad en el ejercicio de su práctica. No puede desentenderse de los efectos de su intervención, por acción o por omisión.


3. Aspectos éticos y clínica con niños

Las reglas o normas que rigen la relación psicoanalítica propiamente dicha son:


- El deber del terapeuta de decirle al paciente lo que el tratamiento psicoanalítico implica en tanto que constituye un compromiso.

- El de cumplir las promesas, evitar dañar, explotar o perjudicar de cualquier modo al paciente; abstenerse de dirigir, instruir o desaprobar las conductas del paciente, respetando el valor intrínseco de su autonomía y autodeterminación; y respetar el principio de la confidencia, observando la discreción más estricta (el pacto de sinceridad y veracidad a cambio de privacidad absoluta y discreción).


En resumen: en lugar de ser neutral en el sentido de que «no me alio con nadie», el método psicoanalítico emplea una neutralidad cuya base es una postura ética que entraña los principios de búsqueda de la verdad, del autoconocimiento, la benevolencia, del respeto a la autonomía y la confidencia, respeto a la autonomía de las personas y del cumplimiento de las promesas.

El tratamiento de un niño no es un tratamiento individual. En él intervienen, a distintos niveles y con implicaciones de diferente grado, otros familiares y agentes sociales que inciden en la manera de conducirlo, por lo que plantean al clínico adoptar una compleja posición frente a las transferencias cruzadas, sobre todo con los padres, pero también con la institución escolar y médica.

El manejo, la conducción, la estrategia terapéutica, los cómos, los cuándos, los por qué y para qué de cada movimiento que se da fuera de la transferencia privilegiada con el pequeño paciente deben ser cuidadosamente estudiados. Para mí, una posición ética es la que se interroga permanentemente por su quehacer, lo comparte con otros colegas, y evalúa situación por situación de arreglo con la experiencia, la formación, las limitaciones y el deseo de cada terapeuta.


4. Niveles de intervención


Los psicoanalistas de niños atendemos a pacientes en estados carenciales tempranos, abandonos traumáticos, simbiosis de la primera infancia, trastornos narcisistas, neurosis y psicosis. Niños que cargan con secretos y mentiras de los padres, revelándolos en sus cuerpos (somatizaciones) o en sus síntomas. Llegan a la consulta como pacientes identificados de la conflictiva familiar, a veces síntoma de la pareja, otras sujeto sintomático en su estructura, y han de ser atendidos desde este conjunto familiar y parental, es decir, sin desdeñar los otros sujetos implicados, ni omitirlos, ni tampoco incluirlos a priori.

Las consideraciones éticas seran imposibles de eludir en algunos momentos cruciales de la práctica clínica, como por ejemplo:


- En las entrevistas de acogida y en las posibles o necesarias derivaciones.

- En la inclusión de los padres durante el proceso terapéutico: calibrar cuándo, cómo (con el niño o a solas), por qué, informando al paciente de lo allí tratado que le concierne.

- En el contacto y colaboración con otros profesionales, respetando el deseo del niño, la idoneidad de la información, alerta a complicidades o alianzas perturbadoras para el tratamiento.

- En el secreto y la confidencialidad del tratamiento, tanto para los padres como para los otros posibles implicados en la conflictiva.

- En la presencia de mentiras en la historia del niño, que colisiona con la búsqueda de la verdad, en el sentido freudiano de que «la verdad libera y también cura».


Conclusiones

La ética se halla articulada al peligro, al riesgo, al conflicto. Al peligro de dañar, causar un mal, perjudicar; al riesgo en que se pone a una persona o una situación por un mal obrar, o no hacerlo adecuadamente, sin observar los principios que guían tal actividad para prevenir el daño; al conflicto de intereses, juego de intereses contrapuestos: el del paciente, el de los padres, el de diferentes instituciones sociales.

En otras palabras, considero el método psicoanalítico al servicio de una tarea de arte-sanía, que apunta hacia la consecución de lo que Freud denominaba las profesiones imposibles (educar, gobernar y psicoanalizar), no sólo porque se las han de entender con diferentes manifestaciones pulsionales del sujeto, sino también porque apuntan hacia la consecución de una autonomía de la que se carece inicialmente. Este proceso creativo conjunto, en donde se re-crea la experiencia, donde cada sesión es diferente, que implica una interrogación constante –a priori y après coup–, puede asemejarse a una tarea de artesanía, trabajo basado en conocimientos adquiridos a través del estudio y de la práctica, que implica un proceso no repetitivo, diseñado según lo que se desea obtener y según el material con el que se está trabajando. La ética de esta artesanía en el área de la infancia ha de atender a las exigencias de la eficacia, al deseo del niño, a los límites de la demanda de los padres, y a las transferencias que puedan sobreimponerse en momentos críticos. En resumen, es la ética de una escucha a partir de una teoría, que permite la lectura de un material e interrogarse hasta dónde intervenir y al servicio de quién.

La ética se halla articulada al peligro, al riesgo, al conflicto. Al peligro de dañar, causar un mal, perjudicar; al riesgo en que se pone a una persona o una situación por un mal obrar, o no hacerlo adecuadamente, sin observar los principios que guían tal actividad para prevenir el daño; al conflicto de intereses, juego de intereses contrapuestos: el del paciente, el de los padres, el de diferentes instituciones sociales.En otras palabras, considero el método psicoanalítico al servicio de una tarea de arte-sanía, que apunta hacia la consecución de lo que Freud denominaba las profesiones imposibles (educar, gobernar y psicoanalizar), no sólo porque se las han de entender con diferentes manifestaciones pulsionales del sujeto, sino también porque apuntan hacia la consecución de una autonomía de la que se carece inicialmente. Este proceso creativo conjunto, en donde se re-crea la experiencia, donde cada sesión es diferente, que implica una interrogación constante –a priori y –, puede asemejarse a una tarea de artesanía, trabajo basado en conocimientos adquiridos a través del estudio y de la práctica, que implica un proceso no repetitivo, diseñado según lo que se desea obtener y según el material con el que se está trabajando. La ética de esta artesanía en el área de la infancia ha de atender a las exigencias de la eficacia, al deseo del niño, a los límites de la demanda de los padres, y a las transferencias que puedan sobreimponerse en momentos críticos. En resumen, es la ética de una escucha a partir de una teoría, que permite la lectura de un material e interrogarse hasta dónde intervenir y al servicio de quién.

ASPECTOS ÉTICOS DE LA INTERVENCIÓN CLÍNICA EN EL ÁREA DE NIÑOS, ADOLESCENTES Y VIEJOS
Letícia Escario

Como el tema es extraordinariamente amplio y complejo, voy a centrar mi comunicación en dos puntos:

El primero tiene que ver con un aspecto, o mejor dicho con una particularidad de la asistencia al adolescente. Me refiero a la paradoja que de alguna manera protagoniza su identidad, a la contradicción entre dependencia-independencia. El adolescente es independiente porque tiene capacidad para tomar decisiones, seguir iniciativas, tiene un pensamiento ideológico, unos proyectos de futuro, relaciones sexuales. Pero es dependiente, es obvio señalarlo, porque todas estas capacidades embrionarias, en estreno permanente, se tambalean tanto por sus propias inseguridades y temores, como por las presiones del entorno adulto que le colocan en su punto de mira y le someten a sus propias contradicciones e inseguridades.

El adolescente, cuando finalmente llega a la consulta después de un forcejeo con él mismo, ya que someterse a la observación del psicólogo-adulto le exige soportar el temor a ser visto infantil, limitado, anormal y sin salida, y de haber superado también el forcejeo con el entorno adulto al que siente llevándole irremisiblemente a pasar por el aro, cuando supera estas ansiedades, necesita ser recibido y atendido ya en el mismo momento en que se plantea la consulta y después, en la más absoluta y total privacidad; de no ser así, la fantasía de complicidad entre los adultos dispuestos a todo para la comida de coco para controlarlo, hacen difícil a mi entender el llevar a término el proceso diagnóstico y la propuesta terapéutica si fuera necesaria. Las ansiedades paranoides refuerzan sus resistencias; de ahí que la recepción inmediata y en las condiciones que el adolescente desee, sin la presencia en la mayoría de los casos de los padres en un primer encuentro, sea, desde mi experiencia, imprescindible.

Pero al ser dependiente de los padres o sustitutos, qué hacer cuando por ejemplo se presenta solo porque le aconsejó un amigo o alguien de la escuela: existen unos aspectos legales que al menos al principio, y hasta que podemos orientar el caso, respaldan la actuación en privado del profesional, y son los siguientes:

"Actas de servicios de salud para menores"
Permiten tratamiento médico sin consentimiento paterno

En España:

Art. 162 del Código Civil
"Acto personalísimo" o Derechos personalísimos que exceptuen la patria potestad
Actos relativos a los derechos de la personalidad y otros que el hijo, de acuerdo con las leyes y con sus condiciones de madurez, pueda realizar por sí mismo.

Menores "emancipados de hecho", "con madurez"
Excepciones tipificadas por los legisladores que eluden el requisito de consentimiento paterno.


Después será con el adolescente con quién negociaremos la presencia de sus padres, imprescindible para poder hacer un diagnóstico fiable. Nos hace falta datos de la anamnesis para diferenciar si el conflicto que presenta es transitorio-reactivo, propio de la crisis, si está presente a lo largo de la evolución sin modificación, si se ha reavivado en este preciso momento evolutivo, etc. Nos hace falta saber si el entorno es patológico, es inexistente, si es colaborador, si es sano, etc.

Aquí también nos encontramos, creo yo, con otro problema importante y es el de la Información.

De qué, cómo y de cuánto hemos de informar al adolescente y a los padres o sustitutos. Creo que es imposible generalizar o establecer normas en este sentido; cada caso exigirá un planteamiento diferente.

Para el profesional es difícil diferenciar cuándo tiene que respetar la privacidad o cuándo es cómplice. La ansiedad a la que nos somete nos lleva muchas veces a tratarle como a un niño para que en definitiva sean los padres los que se encarguen, y se responsabilicen; éticamente no damos una oportunidad a sus aspectos adultos, preservando su intimidad.

Pero otras veces busca la complicidad en conductas de las cuales la responsabilidad emocional e incluso legal aún es de los padres y ahí debemos hacerle ver que no seremos cómplices de una situación de riesgo para su vida o su salud mental, "respetando" su intimidad. Hay indicadores que nos ayudarán en estas situaciones que pueden ser transitorias y arriesgadas, que responden a una necesidad de verificar en la actuación determinadas capacidades en evolución, a diferencia de otras situaciones cronificadas, persistentes, que justamente dan idea de incapacidad e irresponsabilidad, lo cual requiere la presencia del adulto para que llegue donde el adolescente no puede llegar.

El segundo punto que quisiera enfatizar tiene que ver con la información, concretamente con el etiquetaje diagnóstico.

El adolescente, en cuanto que independiente, es un ser informado que además busca información, hasta el más pasota, o éste quizás más que ningún otro, se cuelga de la tele o de los medios de comunicación. Así, los programas sobre anorexia, violencia, delincuencia, sexualidad, toxicomanía, sin duda atraen su atención, y no sólo del adolescente sino del entorno familiar, que cae en la trampa de la alarma social y ve anorexias o psicopatías o delincuencia en situaciones transitorias. Esto no me parece preocupante, pero sí el que desde los profesionales de la salud, de la educación, etc. caigamos en el furor diagnóstico, y nos precipitemos a diagnósticos a todas luces iatrogénicos, respaldados, eso sí, por el DSM IV. Un adolescente que se toma más o menos un año sabático porque psíquicamente necesita retrasar o detener su identidad adulta es un "fracasado", un fracasado escolar.

La chica a quien la proximidad de la playa, el viaje de fin de curso, la amiga íntima con novio, la lleva a una dieta de anacoreta es anoréxica; el chaval que, llevado de nostalgias de latente, hace campanas o roba las placas relucientes del BMW o Volvo es un delincuente o psicópata. O el que se inicia en el porro o en la pastilla del sábado noche es un adicto. La lista es interminable y tenemos constantemente ejemplos en la práctica ambulatoria, no quiero en absoluto minimizar las situaciones de riesgo a las que está sometido y vive el adolescente, pero sí quiero poner sobre la mesa el problema ético que plantea el diagnóstico precipitado, desproporcionado, hecho a presión de las limitaciones asistenciales muchas veces, pero también bajo la influencia de unos patrones sociales y culturales que sin duda nos afectan a todos.

Las consecuencias de estos diagnósticos precipitados y tendenciosos son recogidos por los medios de comunicación que los difunden creando reacciones en el adolescente, que van desde la hipocondría a la ignorancia más absoluta de esa información.

El profesional influye en los medios con sus diagnósticos, los medios los recogen, los convierten en epidemia, la sociedad los recoge a su vez cargados de ansiedad y así lo llevan a la consulta.

El adolescente se ve enfermo, anormal, y se defiende con la negación, la burla o la actuación; el "vas de anoréxica", de "autista", de "psicópata", de "paranoico", forma parte de su jerga habitual. Pero el adolescente también se hipocondriza, se enferma, no sólo se burla, y en cualquier caso su organización defensiva frente al agobio de la suma de presiones externas e internas hace difícil que le lleguen las medidas preventivas que las campañas de Salud ponen en marcha para proteger su salud mental y física.

Si me queda tiempo quisiera proponer otro punto a debate, y es el de los adolescentes sin familia, los que están bajo la tutela de los Servicios Sociales, y como la ausencia de MEMORIA, de una memoria relacional y afectiva, lleva a la utilización del informe como sustituto. De ahí que estos chicos y chicas pasen por la penosa experiencia del poli o pluriexamen psicológico, y que su corta existencia quede registrada en un Dossier cuyas dimensiones dan idea de la desproporción entre lo que el adolescente es y lo que se informa de él.

Para terminar, resaltar las dificultades de las particularidades de la asistencia al adolescente me llevan a plantear cómo hacer para preservar su derecho a la intimidad, su derecho al secreto profesional sin caer en patrones de relación seductores o de complicidades perversas con su identidad o con la de los adultos de su entorno, y como hacer para darle una respuesta a su demanda, clara, realista, higienizante, y no catastrofista o represiva. Espero que la discusión nos ilumine.



ÈTICA I DEONTOLOGIA EN RELACIÓ AMB LA VELLESA
Mercè Pérez


Ètica, deontologia i pràctica professional

Em resulta difícil separar l'ètica professional de l'ètica entesa globalment, és a dir, de l'ètica com a persona, com a ciutadana. Potser perquè anar subdividint l'ètica en diverses i diferents ètiques em condueix a pensar en el cultiu de la incoherència o en la possibilitat de jugar a diferents jocs segons qui en tingui la mà, dit d'una altra manera, de ballar segons la música que mana. Sostenir uns valors ètics, una ètica, es tradueix en consistència humana i també professional.

L'ètica transcorre des de l'àmbit privat al públic. S'inicia abans que la pràctica professional. D'altra banda, la deontologia es refereix a l'àmbit d'activitat professional, àmbit públic. És a dir, la deontologia ens ha de permetre establir unes regles d'actuació professional que emmarquen i regulen la pràctica professional; potenciant i preservant un ordre en les actuacions individuals així com les formes de garantir a la societat allò que anomenem una correcta pràctica professional. Per tant, entenc que la deontologia es configura com un factor generador de confiança de la societat vers els professionals.

A la deontologia dels grups professionals es correspondria en els sectors productius o en els de serveis –en aquells no referits a una definició professional, podríem dir clàssica– les assignacions de qualitat.

Així, és a partir de la pròpia ètica, com els psicòlegs afrontem les diverses situacions quotidianes de la nostra pràctica professional, les quals habitualment no analitzem en termes de la deontologia de la professió. Per sostenir la pràctica professional ens ajuden certament les referències a una teoria i les modalitats d'estudi, revisió i contrast que emprem. En aquest sentit, recordo que a mitjan anys 80 el Col.legi va encarregar un estudi de la situació dels professionals a Catalunya. Una de les dades que resultava més sorprenent a les persones alienes a la professió era la relativa a l'elevat grau de dedicació a activitats de formació continuada en modalitats diverses. Aquest aspecte pot analitzar-se en diferents direccions, una d'elles la percepció de necessitar més formació després de la llicenciatura; l'altra s'orienta a considerar l'activitat professional com una acció que requereix estudi i contrast continuadament, complint aquests una funció estructurant.


Algunes consideracions en relació amb la vellesa

Pensant sobre l'ètica i la deontologia en relació amb la vellesa, m'ha semblat interessant presentar una sèrie de consideracions i plantejar en aquest sentit una sèrie de preguntes. Poder-nos interrogar és una via que estimula el diàleg, condició necessària per tal que l'ètica es mantingui viva.

Les idees que proposo per pensar respecte a l'ètica i la deontologia provenen d'una diversitat d'experiències. Unes són experiències referides al camp gerontològic en activitats de planificació i direcció de serveis, de formació i també en el treball directe amb les persones velles. Altres idees arrelen en les reflexions relatives a les pràctiques professionals dels psicòlegs. Són reflexions nascudes durant els períodes en els quals vaig participar i dirigir els equips de govern de la institució col.legial.

La primera consideració és la relativa a la formació universitària. Cal recordar la inexistència de formació relativa a l'envelliment i la vellesa en la formació universitària per una part important dels professionals actualment en exercici. El panorama actual, malgrat l'existència de l'envelliment de la població i la divulgació d'aquest fet, no ha canviat substancialment pel que fa a la formació durant la llicenciatura, mentre que sí que ho ha fet en la formació de postgrau. Són variats els factors que concorren en aquesta situació i la seva anàlisi se situa, en part, fora del tema que tractem en aquesta taula. Assenyalaré, però, un d'aquests factors que al meu entendre connecta amb el tema que ens ocupa. Es tracta del rebuig a la vellesa i als seus significats per la nostra societat. És ètic obviar aquest rebuig?

La segona consideració que vull esmentar fa referència a l'assimilació establerta durant molt de temps entre vellesa i malaltia, afegint-s'hi el caràcter d'incurabilitat, és a dir, sense remei. Si la vellesa es considera així des d'una predominança reductiva del registre biològic, pot tenir un lloc la vellesa des d'una perspectiva psicològica? Quin lloc? Els inicis de la psicologia en el camp de la vellesa giren entorn del dèficit. Podríem dir que d'alguna manera repetien el mateix model. Amb posterioritat l'evidència de la plasticitat conductual o dels resultats de psicoteràpies per a persones d'edats avançades han posat en qüestió les aproximacions inicials.

En aquest sentit, ens podem formular la pregunta: és ètic, actualment, abordar la vellesa des d'una perspectiva deficitària?

La tercera consideració que plantejo fa referència al caràcter homogeneïtzant / uniformitzant que s'aplica emprant la categoria social "vells", com a referència i com a argument. Tot i estar demostrada la diversitat dels processos d'envelliment, tot sovint l'explicació..."perquè és vell ", continua formulant-se com a explicació. I al seu voltant prossegueixen el conjunt de prejudicis amb els efectes nocius d'autocompliment entre les mateixes persones velles.

També aquí, en aquest punt, ens podem formular una pregunta: la utilització abusiva del denominador comú "vell" té alguna relació amb l'ètica? Dit d'una altra manera, és acceptable èticament?

La quarta consideració que vull plantejar fa referència a l'etiquetatge, emprat per exemple en relació amb les persones que pateixen la malaltia d'Alzheimer. "És un alzheimer", o "els alzheimers" són expressions gens infreqüents. A la vegada que fan estigma i marquen barrera entre "ell" i nosaltres, aquests etiquetatges són el primer graó per a la desaparició del subjecte. Esdevenen la seva marca d'identitat, per tant anul.len la singularitat individual. La persona, amb la seva història, desitjos i interessos, queda diluïda, amagada sota la malaltia. Investigacions efectuades, a partir de les entrevistes sostingudes amb persones afectades de demència, han posat de manifest el manteniment de la identitat personal en aquestes persones. En canvi, les intervencions s'orienten més cap a una finalitat instrumental, les quals, d'altra banda, permeten una més fàcil estandardització de procediments i de resultats. Té quelcom a veure l'ètica professional amb aquestes situacions?

El conjunt d'interrogants presentats no són preguntes que es formulin per primera vegada. Valgui com a exemple i, especialment com a referència, els treballs desenvolupats per autors com Kitwood (1), Mannoni (2), Salvarezza (3) i els realitzats en el marc de xarxes europees com el grup Saumon (4) o el grup T.T.S. (5) amb els quals he pogut compartir estudi i discussions. Aquests són, però, interrogants que necessiten expandir-se, si pretenem que les qüestions ètiques formin part activa d'una pràctica professional de qualitat.

He seleccionat aquestes consideracions, ben segur conegudes per aquells col.legues que treballen en relació amb la vellesa, perquè al meu entendre són il.lustratives de l'actualitat en l'atenció a la vellesa. Es tracta de qüestions presents en els escenaris en els quals treballem els psicòlegs. També cal dir que els psicòlegs som presents minoritàriament i en menor proporció que altres professionals. Ç

La dimensió psicològica en l'atenció a la vellesa esdevé un component sovint incorporat; potser fóra més adient assenyalar-lo com un component diluït, en l'activitat que desenvolupen altres professionals. Aquesta qüestió podria analitzar-se evidentment en termes de manca d'inserció de la professió, o en termes dels límits econòmics amb els quals opera el sector públic i la influència d'aquest sector en les iniciatives d'altres sectors. Segons la meva opinió, al costat d'aquests aspectes ens convé tenir present algunes de les consideracions presentades anteriorment en la mesura que són expressives del discurs més estès en l'atenció a la vellesa.

Sovint les actuacions professionals en el camp de la vellesa comporten el treball amb les persones que estan en contacte amb els vells. Aquestes poden ser els familiars –el marit o la muller, els fills– o altres professionals. La tendència a considerar que aquells que en tenen cura són els que millor poden parlar en nom de la persona vella produeix una retirada d'aquesta a la posició de ser qui pateix, qui necessita i, a la vegada, qui no pot expressar-se.

Ben segur, altres col.legues en altres camps d'activitat observen aquest fenomen, referit al funcionament de dinàmiques institucionals o de dinàmiques familiars. En el camp de l'atenció a la vellesa es tracta d'una característica que es repeteix constantment i, segons el meu parer, convé considerar-la com un element estructurant. Certament, és una qüestió a considerar des del punt de vista terapèutic, però també em sembla una qüestió a considerar des de l'ètica. Sovint, els professionals som consultats o tenim l'encàrrec d'una institució de serveis en relació amb les persones velles; aquestes, però, no són les que s'adrecen a nosaltres. Aquesta situació pot resultar refermadora del que dèiem anteriorment. D'altra banda, la recerca de determinats tipus de rendiment fa complexa la relació entre temps contractat i temps requerit per un abordatge que assagi recuperar la posició de la persona vella.

El darrer aspecte que plantejo a debatre fa referència a la dificultat d'admetre la diferència en les nostres societats europees. Ritme trepidant, resposta ràpida, són valorades positivament. Les persones velles no responen a aquests valors en alça. Esdevé complicat o inassequible trobar un lloc social amb reconeixement. Una vegada més, ens convé auspiciar formes de pensar creatives que ens permetin desfer allò que el pensament únic pretén que ens creiem.


Notes
(1) Kitwood, T. Towards a Theory of Dementia Care: The Interpersonal Process. Ageing and Society, 13, 1993, 51-67.
(2) Mannoni, M. (1991) Le nommé et l'innomable. Le dernier mot de la vie. Ed. Denoël (trad. cast. Lo nombrado y lo innombrable. Nueva Visión, Buenos Aires, 1992).
(3) Salvarezza, L.(1988) Psicogeriatría, teoría y clínica. Paidós, Biblioteca de Psicología Profunda, Buenos Aires.
(4) El Grup SALMÓ és una xarxa europea iniciada l'any 1993 arran de la convocatòria de l'Any Europeu de la Gent Gran i la Solidaritat entre les Generacions i coordinada per la Fondation de France. Els seus treballs estan referits a les petites unitats de vida, definides com una alternativa a les formes tradicionals d'habitatge i assistència per a les persones velles.
(5) El Grup TTS (Teaching, Training and Support) és una xarxa europea referida a les accions de formació i suport per als cuidadors –familiars, professionals i voluntaris– de persones afectades d'Alzheimer o d'altres formes de demència.



PSICOLOGÍA Y ÉTICA: UNA IRREDUCTIBILIDAD BÁSICA
(Resumen de intervención en el ciclo sobre deontología profesional en el área de adultos.)
Enrique De la Lama


Desde el formalismo moral se ha acusado a Sigmund Freud (creo que falazmente) de contribuir a disolver la idea de responsabilidad: Al subrayar y destacar las determinaciones inconscientes de la conducta, creen algunos que Freud socava la capacidad de los individuos para reconocerse responsables de sus actos. También se ha querido afirmar que cuando el pensamiento social progresista formula ciertas leyes y modelos sobre la mala distribución de recursos, la injusticia universal queda libre de consideraciones éticas. Ambas lecturas son malintencionadas o se apoyan en la ignorancia. ¿Diría alguien que Sócrates contribuyó a la irresponsabilidad de los humanos al afirmar que virtud es conocimiento y que el mal procede de la ignorancia? ¿Debería acusarse también de amorales a Voltaire y a Rousseau?

La psicología de Sigmund Freud es la única psicología social que asienta la responsabilidad y la culpa sobre bases fisiológicas: El humano es responsable porque está biológicamente construido para prever, recordar y aprender de la experiencia, y no puede, en consecuencia, dejar de sentirse fisiológicamente compelido a experimentar culpas y remordimientos de lo pasado, o a desear perdón y esperanza para el futuro. Esto es la etología humana: una Ética de fundamento biológico. Atentar contra estas posibilidades que fueron biológicamente construidas en el devenir evolutivo de la especie humana es, para Freud, generar sumisión e irresponsabilidad mediante la represión, la disociación y el fraccionamiento del natural despliegue madurativo de la persona. Es esta profunda confrontación de Freud con los poderes excesivos de la represión que somete y fragmenta los recursos de la humanidad, es este freudiano desenmascaramiento de las fuerzas, biológicas y sociales, que explotan la miseria de la especie humana, lo que, en definitiva, disgusta a los formalistas éticos: malintencionados o ignorantes, aunque a veces revestidos de erudición académica.

Quiera o no reconocerse así, Kant y Freud van de la mano: cuando en 1793 el filósofo de Königsberg escribe que las mujeres y los hombres somos "animales" porque estamos vivos o animados, "humanos" porque hablamos y razonamos, y "personas" porque respondemos socialmente de nuestros actos, está abriendo caminos hacia un Freud que si, por un lado, se niega a acusar al individuo infeliz de las decisiones socioculturalmente insufladas por la acción directa de sus predecesores, de sus propios padres incluso, por otro lado afirma sólidamente la posibilidad de que cada sujeto aprenda a reconocer sus motivos y quereres inconscientes, pueda revisarlos y evite alegar ya nunca más ignorancia o inocencia por los sometimientos, para que a cada humano le sea posible conquistar la autonomía de sus libres determinaciones como adulto, superando posiciones infantiles que fueron indeleblemente grabadas a fuego en las entrañas inconscientes y que se repiten mediante reiteradas transferencias, siempre actualizadas. Tomar conciencia de ello y sufrirlo es la adecuada medicina para abandonar las transferencias infantiles.

Salvo que se trate de una deliberada opción por la barbarie más feroz, ya nadie podrá afirmar que el Psicoanálisis no será necesario siempre en algún modo y medida, aunque varíen las formas y las visiones históricas de su práctica: unas más epicúreas en torno al conflicto entre principio de placer y principio de realidad; otras más estoicas en torno al conflicto entre los aspectos narcisistas y socialistas de la mente (Bion): entre la tranquila calma individual y la esforzada y dolorosamente activa virtud de avanzar en la justicia de todos para todos.

Aplicando todo lo anterior al terreno clínico, tendremos que: cuando una persona consulta a un psicólogo de orientación psicodinámica, debe saber que, como consultante, se arriesga a asumir todas las consecuencias de "dialogar aclarando"; se arriesga a realizar un gran esfuerzo por llegar a ser un adulto que quiere pagar el precio adecuado por el dolor y el placer de estar vivo, y a cargar con el enorme peso de su libertad de decisión, reconociendo, además, el riesgo destructivo que comporta el intento de aliviarse permaneciendo infantil e irresponsable: sometido y drogado.

"Dialogar aclarando" es el objetivo medicinal de la propuesta freudiana y a él debe ordenarse la buena técnica, tanto en la fase exploratoria (para permitir que el consultante se informe, gane claridad y decida libremente si quiere o no quiere tratarse), como en la fase terapéutica (para que pueda llegar a mantenerse internamente vivo un tipo de diálogo que, en lo externo, sólo debe concluir cuando terapeuta y consultante juzguen firmemente establecida la posibilidad de no cerrarse nunca).



TAULA RODONA:
ASPECTES ÈTICS DE LA INTERVENCIÓ PSICOLÒGICA EN ELS SECTORS DE LES ORGANITZACIONS, LA XARXA SANITÀRIA, LA JUSTÍCIA I L’EDUCACIÓ


ASPECTOS ÉTICOS EN LAS INTERVENCIONES INSTITUCIONALES
José Leal


Esperad y sembrad
como siembra el viento las estrellas,
pues llegará el otoño de los frutos.
Si manteneis en calma la mirada,
si aun en la luz sois claros,
sed muy flexibles, respirad con paz
como la luz respira.
Ni el junco, ni el aroma, ni la luz,
se quiebran.

(Antonio Colinas. Libro de la mansedumbre.)


Quiero, en primer lugar, felicitar a los compañeros y compañeras de la Comisión Deontológica por la organización de estos encuentros y darles las gracias por invitarme a tratar sobre dos cuestiones que me son especialmente queridas: las referidas a los aspectos éticos de nuestra profesión y los temas institucionales.

Participé hace ya 8 años, en enero de 1987, en la elaboración del Código Deontológico de los Psicólogos del Colegio Estatal. En mayo del mismo año la Junta del Col.legi de Catalunya me encargó la creación de la Comisión Deontológica que fue constituida con un grupo de compañeras y compañeros que llevamos a cabo la realización del Código Deontológico. La aprobación del mismo tuvo lugar el dia 2 de Noviembre de 1.989 en la Junta

General de Colegiados. Además de un hecho importante en la formalización de la estructura colegial y de la profesión de psicólogo, para mí fue una gran satisfacción el trabajo en equipo en el que compartimos situaciones muy nuevas, interesantes y enriquecedoras. De aquellas tareas me quedaron también unas relaciones de afecto de las que me siento muy orgulloso.

En cuanto a las instituciones, mi interés procede de distintos lugares. Como sujeto social, es decir, sujeto psíquico y a la inversa, la institución me constituye y, a la vez, constituye una parte importante de mi hacer profesional.

A muchos de nosotros nos ha tocado vivir en un momento histórico de grandes movimientos instituyentes en los que nos incluimos por muchas razones, algunas de compromiso diríamos político y ético. Luchamos contra la dictadura, contra un modo de entender la salud y la enfermedad y el poder de los profesionales; trabajamos por la participación, por la apertura de las instituciones opresoras, por la democratización de las instituciones profesionales, por los derechos de todos a la salud, la educación, la cultura, etc. Todo ello nos proveyó de muchas satisfacciones y de algunos sufrimientos. A mí me interesó muy rápidamente la dinámica de las instituciones a las que muy prontamente percibí como lugares contradictorios. Nacen, según sabemos por el pensamiento freudiano, para evitar el sufrimiento pero rápidamente generan malestar. Descubrí también que podían ser un lugar de crecimiento pero también de empobrecimiento, que podían sanar y enfermar, liberar y encadenar, instruir y adiestrar, etc. De ahí surgió mi interés por ellas. A lo largo de los años he tenido ocasión de aprender de todos aquellos que desde su pertenencia a instituciones (de salud, de educación, de servicios sociales, de justicia, etc.,) han confiado en mí como acompañante o co-pensor de sus proyectos y sus dificultades.

Además de mi trabajo como asesor y supervisor de Instituciones, mi práctica profesional se desarrolló en el campo clínico/asistencial y en la docencia, sobre todo, con equipos profesionales multidisciplinares. Y no me es muy fácil pensar los problemas éticos específicos en cada uno de los campos citados (clínica, docencia y supervisión).

Yo creo que la intervención, y la ética, de todo profesional está forzosamente influida por al menos tres factores.

Uno es la historia personal del profesional y sus modos aprendidos de entender el mundo. En la práctica profesional uno se mueve, sin un propósito explícito, según parámetros que aprendió en el entorno familiar y en los espacios primeros de socialización: el respeto a las personas, la protección de sus derechos, la solidaridad, la sinceridad, la justicia, la prudencia, la comprensión, el cuidado de lo que es público y compartido, la responsabilidad, la tolerancia, la buena educación, etc.

Un segundo grupo o fuente de influencia sobre la práctica profesional procede de lo aprendido en la facultad; aunque de cuestiones éticas se hablaba poco, sí puedo recordar modos de decir y transmitir la profesión de los que reconozco alguna influencia.

Un tercer grupo de actitudes proceden de los primeros aprendizajes profesionales, en mi caso, muy prontamente marcados por el psicoanálisis y por los psicoanalistas, que me ayudaron a descubrir una teoría liberadora y socialmente comprometida. De ellos aprendí que cada sujeto tiene su verdad, que detrás de los síntomas hay sufrimiento y goce, que el paciente quiere curarse pero a la vez lo teme, que el sujeto psíquico es sujeto social porque se construye en los vínculos y que conocer y respetar su historia es muy importante. Aprendí también que la práctica debe estar sustentada en una teoría para evitar caer en la ideología o en el espontaneismo voluntarista, pero también que no hay teoría completa y que ésta no puede convertirse en instrumento de poder y dominación y, por tanto, que deben ser respetados otros marcos conceptuales y disciplinarios con los que hay que coexistir creativamente en las instituciones.

Me transmitieron una concepción del sujeto, del objeto sobre el que trabajar (salud, enfermedad, etc.) y de la importancia del contexto.

Una cuarta fuente en mi reflexión sobre la ética profesional la reconozco en mis compañeros psicólogos y de otras profesiones colindantes con los que he compartido y comparto inquietudes y experiencias.

No es difícil con todo ello llevar a cabo una práctica profesional ética y deontologicamente sustentada.

Los mayores problemas en mi actividad profesional han procedido de las exigencias o sobredeterminaciones que se han producido en las organizaciones de las que he formado parte. Y salvo excepciones es lo que observo también en mi práctica como asesor y supervisor en instituciones.

Soy llamado por los grupos e instituciones para diversas tareas que más adelante comentaré.

Generalmente, al tratarse de instituciones casi siempre públicas, no siempre quien formula la demanda es quien va a participar en el trabajo. Con él o ella acuerdo elementos básicos para la intervención institucional: medios necesarios para el equipo y para mí, creación de condiciones para la actividad. Establezco también el marco posible de comunicación que estableceré con la dirección que propone el encargo y que será conocido por el equipo o servicio con quien a continuación estableceré mis acuerdos de trabajo.

Un tema importante es delimitar hacia quién tiene uno deberes éticos. Yo creo que hacia todos aquellos que intervienen en que el proceso sea llevado a cabo: quien encarga y sufraga la intervención y quien participa en el desarrollo de la misma. Ésta es una muy compleja situación porque con alguna frecuencia tales actores están enfrentados o mantienen relaciones complicadas. Ante ambos me comprometo a cumplir mis deberes éticos y les exijo compromiso también de los suyos.
Cada institución es un mundo y las variedades entre ellas, así como las similitudes, son muy altas.

Voy a intentar concretar alguna de las cuestiones por las que soy consultado y los comportamientos profesionales que en cada una de ellas tengo.

Cuando soy llamado como supervisor de tareas concretas, generalmente clínico-asistenciales de los equipos priorizo, porque es su pedido, esta dimensión pero no puedo soslayar los efectos que sobre la acción clínica tienen las características institucionales, a veces, en términos de sobredeterminación.
Otras veces la demanda que se me formula está más claramente referida a la dinámica grupal e institucional en varias situaciones.
Una de ella es en los inicios de un proyecto. Mi ayuda consiste en acompañar a los participantes en su pensar y aportar, desde mi posición de externidad, aquellos elementos que faciliten la puesta en marcha del proyecto en las mejores condiciones técnicas y con las mayores salvaguardas éticas.

Otras veces intervengo como acompañamiento en el proceso. Se trata, con frecuencia, de favorecer el proceso que lleva a generar una adecuada pertenencia grupal y a precisar la pertinencia de la tarea.
En estos dos tipos de demanda los intervinientes partimos de una ética compartida el reconocimiento de la cual nos lleva a la colaboración.

Un tercer grupo de demandas se producen en situaciones de dificultad más o menos seria y a veces, grave. Podríamos distinguir dos situaciones. Una sería aquella en que el malestar grupal o institucional es debido a exigencias procedentes de algún lugar de la institución que, con frecuencia, sobrepasa las posibilidades del equipo o les expone a contradicciones o incluso al riesgo de bordear las infracciones éticas. Mi función en estos casos es ayudar al equipo a delimitar las sobredeterminaciones que sobre su tarea impone las características de la institución. Consiste también en ayudarles a poner una cierta distancia que permita hallar caminos, buscar alternativas que pasan por la modificación del modo de vincularse con la organización. A veces es acompañarles en la dificultad y poder hacer posible lo posible, que en algunas instituciones es casi un milagro.

Cuando los profesionales comparten criterios éticos suficientes esta tarea no suele ser difícil y no me exige vigilancias éticas especiales.
A veces siento como obligación, y la realizo si el equipo lo cree conveniente, transmitir a personas claves de la organización el desajuste entre la tarea que quiere llevar a cabo y los déficits en la organización que tiene repercusiones nocivas sobre los profesionales y quizás también sobre los usuarios.

La más difícil situación se produce cuando la demanda tiene que ver con dificultades de alta intensidad en el equipo o institución y está acompañada de maltrato de los miembros entre sí o hacia los usuarios. Entiendo esta situación como efecto sobre los sujetos de las condiciones a veces altamente patógenas de la institución, que les impregna. Los sujetos se hacen cargo de las fracturas de la institución. Ésta sobredetermina sus prácticas pero el modo en que cada equipo hace frente a dicha sobredeterminación tiene que ver con el equilibrio previo de que disponen como sujetos y equipo. Felizmente no son muy frecuentes situaciones de tan alta dificultad. En tales casos la función del supervisor es fundamentalmente de garante de una ética básica, de la no agresión, del respeto, de la solidaridad. Las condiciones que impongo en tales situaciones son muy claras: doy garantías de mi sujeción a una ética y a unos principios deontológicos sabidos y exijo un compromiso expreso de su sujeción a los mismos principios. Su infracción será señalada por mí y una no pronta resolución puede llevarme a replantear mi continuidad en la tarea.

Con alguna frecuencia los sujetos en la institución pierden la capacidad de darse cuenta de lo patológico de sus comportamientos y sienten como normales comportamientos, entre sí o con sus usuarios, que son altamente cuestionables. Ulloa lo define como caracteropatía grupal o institucional. Hay que estar muy atento a esos comportamientos y señalarlos con rigor. Los efectos de esa toma de conciencia son claramente terapéuticos aunque no se trate de una psicoterapia.

Hay situaciones de muy difícil solución. Algunas se resuelven a través de cambios personales que llevan a la búsqueda de otros lugares en los que poder desarrollar un proyecto más sintónico con los principios de una ética solidaria en lo grupal, lo institucional y lo social.
En otras ocasiones la toma de conciencia puede llevar al grupo a la ruptura de la estereotipia, como efecto de un aprendizaje que posibilita cambios.

En todo momento el supervisor ha de estar muy alerta de mantener una distancia que le permita operar: ni muy cercana de modo que limite su campo de percepción ni muy lejana porque no podría operar, funcionando su lejanía como una defensa poco operativa.
No es usual haber de terminar una intervención por incumplimiento sostenido de los principios éticos que regían la tarea para la que fui llamado. Los incumplimientos suelen proceder de núcleos resistenciales intensos que se instalan, por lo general, en algún lugar de la organización y frente a los cuales el resto del colectivo o grupo mantienen una actitud si no benevolente, sí ambigua. El replanteamiento de la tarea y cuando es necesario la interrupción de la misma puede facilitar la aparición de sentimientos de culpa y de un estado grupal de carácter depresivo que permita mover a cambios.

Entender todos los procesos que se generan en una institución no es tarea fácil. Para ello es básico entender que la Institución no es algo externo a cada sujeto. Que cada uno tiene una parte de sí comprometida en la institución y una parte de la institución dentro de sí.
La tarea profesional en las instituciones requiere una alta dosis de comprensión de la complejidad que le es inherente y que procede de los factores individuales, grupales, organizacionales y los propios de la tarea que están puestos en juego.
Pensar la ética desde la posición de asesor o supervisor externo implica comprometerse solidariamente en el trabajo de los muchos que día a día se esfuerzan por sustraerse a las estereotipias y por hacer que las instituciones cumplan del mejor modo sus objetivos. Hechos que, sabemos, no siempre son fáciles.



ASPECTES ÈTICS DE LA INTERVENCIÓ PSICOLÒGICA EN L'EDUCACIÓ
Lluís Maruny


Pensava triar temes transversals, comuns als ponents de la taula. La idea de fons és que l’esperit crític en l’exercici de la professió és un principi ètic fonamental. Triaria dues qüestions:


1. La vessant educativa de qualsevol intervenció psicològica institucional.-

2. L’exercici professional en el marc de les institucions i organitzacions fortament burocratitzades.


1. La vessant educativa:


a) Si l’educació comporta un cert grau de coerció, les institucions –no solament les educatives– generen un cert grau de violència institucional de la qual els psicòlegs podem fer-nos còmplices i/o col.laboradors: normatives repressives, tendències a l’expulsió, rebuig de les diferències, actituds discriminatòries, etc. Educar en la diversitat requereix accions positives i no és suficient evitar o ometre actituds negatives.

b) L’educació comporta imposició de models culturals precisos (dominants). Al marge dels problemes de coherència entre el missatge explícit i els models reals implícits, es plantegen d’altres interrogants. Quins són els models de «bon alumne» (bon malalt, bon pres, bon usuari de serveis socials, etc.) que determinen les actituds dels educadors/professionals? I, encara, el tema de la diversitat: a les escoles i als instituts d’ESO, per exemple, sorprèn el contrast entre la diversitat cultural dels alumnes i l’homogeneïtat cultural del grup de professors. La tendència homogeneïtzadora del treball educatiu comporta problemes ètics complexos en relació amb els processos d’adaptació, assimilació al model dominant, renúncia a les pròpies cultures, etc.

2. L’exercici professional en el marc de les institucions i organitzacions fortament burocratitzades.


Un element comú a tots els que intervenim avui és el fet d’exercir la professió en el si de grans institucions. Aquest fet deriva de factors estructurals del nostre sistema social, com ara el caràcter de servei de la nostra feina; el procés general de salarització dels professionals que antigament en dèiem liberals; o els processos de concentració econòmica. Però cal reconèixer que aquesta situació ha estat resultat, també, d’una opció de molts de nosaltres, que vèiem en el treball assalariat una opció de progrés ètic i professional.

Aquesta atribució l’hem de revisar. Em penso que cal interrogar-nos sobre qüestions en que havíem cregut fermament, com ara que tenir un sou digne i no estar sotmesos a l’afany de lucre estimularia els aspectes més creatius i ètics dels psicòlegs, o que el fet de ser assalariats ens identifiqui amb les capes socials més crítiques respecte al sistema i més compromeses amb el canvi social.

Honestament he de dir que crec que l’exercici professional en les grans institucions socials està consolidant pràctiques professionals que, per entendre’ns ràpidament, qualificaré de burocràtiques i que plantegen interrogants ètics importants al treball professional.

Proposaré només cinc qüestions en forma de tendències que qualsevol pot constatar i que marquen aquest procés de burocratització perversa del treball de molts i molts psicòlegs. Totes elles tenen a veure amb un element estructural que Bleger ja assenyalava fa molts anys: «les institucions tendeixen a homogeneïtzar els seus membres, a retenir-los i a formalitzar-los, a una estereotípia espontània i fàcilment contagiosa». Aquesta homogeneïtzació i algunes d’aquestes estereotípies poden ser aquestes:

a) La progressiva substitució de l’anàlisi de les necessitats reals de la població que atenem per l’anàlisi de les obligacions (i drets) laborals.
Es tendeix a assimilar professionalització a treball sindical i aquest amb defensa corporativa. Es pressuposa que la millora de les condicions de treball comporta mecànicament una millora de la qualitat del treball, cosa que no està demostrada en absolut. Aquest procés és especialment confusionari perquè apareix com a progressista i crític, mentre que la crítica no s’aplica a les condicions socials i institucionals que determinen fracàs, marginació i patiment, sinó a les anònimes administracions on treballem.

b) La tendència a la renúncia progressiva de la pròpia responsabilitat professional en favor de l’acompliment de les normatives (que tendeixen a definir mínims) fins a perdre el sentit de l’acte professional.
Hi ha una tendència de les institucions a regular el treball, però també entre els professionals es tendeix a reclamar més i més precisions en la descripció de les tasques que cal fer. La proliferació d’aquestes normatives va omplint cada vegada més el treball dels professionals en tasques burocràtiques que, literalment, poden arribar a no tenir sentit des del punt de vista del servei professional. Ja en aquests moments, és perfectament factible que satisfer aquestes obligacions burocràtiques ompli la major part de l’activitat d’un professional al llarg del curs, mentre que la incidència en el canvi real de les institucions i la població sigui mínima.

c) La tendència al predomini de criteris quantitatius sobre els qualitatius en la pràctica professional.
La mateixa tendència a regular per normativa uns mínims formals marca la tendència a quantificar els actes professionals. Tants alumnes atesos, tantes entrevistes, tants informes, etc. són el tipus d’interrogants que es plantegen, per exemple, a l’hora de fer les memòries de treball. D’aquesta manera, els informes tendeixen a estereotipar-se, ressorgeix la tendència a quantificar, a través de tests de dubtosa validesa, les característiques individuals. Un efecte visible és la tendència a derivar abusivament a altres serveis, al marge de la necessitat o de la viabilitat i eficàcia de la derivació.
També una tendència a dramatitzar els factors externs que intervenen en una situació les condicions socials i familiars dels alumnes, o les dificultats de desenvolupament o personalitat, per exemple –evitant així, el qüestionament de les pròpies responsabilitats i de les de les institucions on treballem.

d) La resistència corporativa a admetre formes d’avaluació externa del propi treball. La tendència personal i dels equips a evitar l’autoavaluació crítica del propi treball i la introducció de canvis en la intervenció.
El principi de la seguretat en el lloc de treball –un privilegi progressivament exclusiu del treball a l’administració– i la tendència a igualar els drets de tothom són en principi elements de progrés social. Tanmateix, fàcilment condueixen a situacions on el propi treball no és mai avaluat. És perceptible la tendència personal i dels equips a limitar l’avaluació formativa del propi treball i a mantenir formes d’intervenció rutinàries i poc contrastades. Les memòries i plans de treball –que d’altra banda, ningú no avalua ni tan sols comenta– tendeixen a convertir-se en instruments formals, sense valor de canvi professional.

e) La renúncia a la recerca professional i al pensament divergent.
En no funcionar mecanismes eficients d’avaluació, les carreres professionals tendeixen a fer prevaler també aspectes quantitatius: la formació dels professionals tendeix a convertir-se en un valor de consum a efectes del propi currículum. Es puntuen cursos, articles, publicacions etc. amb independència del contingut o de l’eficiència o d’allò que realment es fa.

La pèrdua d’esperit creatiu, d’indagació professional i d’actitud crítica respecte al treball es tradueix en una escassa recerca professional. La tendència homogeneïtzadora fa que, a poc a poc, el pensament divergent, crític o innovador, es penalitzi com un element distorsionador, que genera un plus de feina i dedicació que, a més de no ser recompensat ni valorat pel sistema, genera tensions i conflictes en els equips o entre els equips.




ASPECTES ÈTICS DE LA INTERVENCIÓ PSICOLÒGICA EN L'ÀMBIT DE LA JUSTICIA
Josep Font

Quan m’han demanat que reflexionés sobre aspectes ètics en l’exercici quotidià de la meva professió, he trobat necessari aproximar i centrar-me en quins són els conflictes ètics i deontològics amb què més sovint, al meu entendre, ens trobem els professionals de la justícia. Una ajuda important ha estat rellegir el nostre Codi deontològic, com a eina de suport i guia de treball. Afortunadament, el Codi estableix normes bàsiques i orienta des de la globalitat i dóna un ampli marge al sentit comú, a la consciència i a l’actuació conjunta, cohesionada, en ocasions intangible, dels diversos sectors i especialitats.

Atès el fet, doncs, que cal reflexionar des del conflicte ètic de l’exercici quotidià i des de l’especialització en l’àmbit de la justícia faré una breu introducció del context de què parlem.

La psicologia aplicada s’incorpora en el món de la justícia, és reconeguda i té un paper en la normativa legal quan s’avança en el concepte d’home social, subjecte actiu i de dret, quan s’entén la justícia amb els principis d’oportunitat de canvi, correcció i reparació, entre d’altres. El progrés històric del nostre país ha permès una incipient simbiosi de la psicologia amb el món del dret. És, per tant, una incorporació recent i ràpida en les reformes i en el canvi de conceptes. Cal tenir present, però, que aquest procés en ocasions no és fàcil, ja que la justícia té una tradició dilatada i sòlida, on la nostra disciplina s’ha de crear un espai propi.

La psicologia col·labora aportant models explicatius, analítics i entenedors dels fenòmens que interessen al món de la justícia. Pot ajudar a impartir justícia més justament. Alhora, des de la ciència aplicada, la nostra participació se centra en l’àmbit de la prevenció, la reparació i la recuperació de l’home o del conflicte social.

És així com els psicòlegs ens incorporem, en gran nombre i ràpidament, en diversos àmbits del treball jurídic i legal, tan diversos com són: la protecció, tutela i prevenció amb menors; les presons i la seguretat ciutadana; el suport a víctimes, les mediacions i reparacions; els tribunals, jutjats i peritatges; la investigació, formació i docència, etc. És en aquest procés i en aquests camps on hem de situar els conflictes ètics i deontològics de l’exercici de la professió, tenint present que no ens presentem en estat pur, sinó en interacció i, en ocasions, amb supeditació al món i a l’estructura jurídica.

Tal com jo ho veig, en un intent globalitzador de les innombrables casuístiques dels diversos camps d’actuació en el món de la justícia, es pot abordar la reflexió ètica i deontològica des de cinc marcs d’anàlisi i reflexió.

La integració al sistema.
L’actuació quotidiana del psicòleg és especialitzada i independent. Des de les seves funcions i coneixements participa dels processos i, fins i tot, pot suggerir i orientar la resposta legal davant d’un conflicte. Aquesta funció està subjecta a lleis, procediments i al principi de jerarquia; per tant, aquesta independència està sotmesa a l’acatament i al compromís solidari amb el sistema i la resposta judicial o administrativa. És a dir, intervenim, normalment, des de la funció pública i formem part del sistema.

La responsabilitat social.
La presència de la psicologia en la justícia ens compromet a participar activament i responsablement, a partir del marc legal, en el conflicte social. Allò que arriba a la justícia és l’últim esglaó del fracàs social i personal, i alhora és la conseqüència del fracàs d’altres sistemes (educació, prevenció, sanitat, serveis socials, etc.). L’actuació de la justícia acostuma a ser l’última solució, i, normalment no és la millor o la desitjable. En aquestes condicions cal assumir la responsabilitat que atorga i exigeix la societat per dirimir en els conflictes de drets i deures, de limitacions o d’exclusions, en què s’aboquen emocions, sentiments i interessos, amb l’objectiu de protegir un bé superior establert socialment.

El marc de treball. En primer lloc, des de la professió no podem entrar a qüestionar la bondat de les lleis i les normes, perquè són les nostres eines. En segon lloc, els nostres marcs d’actuació i espais de treball són indiscutibles (presons, jutjats, centres de menors, comissaries, etc.). Independentment d’aquestes condicions, des de la nostra ciència i el nostre treball podem valorar col·lectivament o individualment alternatives més adequades a les respostes que dóna el sistema. Amb aquestes eines i amb aquest marc, que ens està imposat socialment, se’ns suposa el paper d’actors, juntament amb altres disciplines, de processos afavoridors de canvi, de millora, de prevenció de futurs conflictes, i, paradoxalment, de minimització de les conseqüències de la mesura mateixa. En aquest marc, tan difícil i contradictori, cal afegir-hi la càrrega de treball, l’obligació legal d’assumir tota la demanda, que, a més, lògicament, s’assimila a les característiques del sistema amb el consegüent col.lapse tècnic, la lentitud resolutiva, la burocràcia, etc.

La relació amb l’usuari. L’actuació professional compromesa genera dubtes en l’usuari sobre la bondat de la professió. L’administrat generalment no ha sol·licitat la nostra ajuda, sinó que esdevé obligada, i, per tant, la seva percepció de la relació en moltes ocasions està viciada i instrumentalitzada des del principi. Fàcilment som identificats com a institució i, per tant, com a àrbitres dels seus interessos. En ocasions, afortunadament cada cop menys, altres col·legues i serveis han identificat i projectat un posicionament moral previ sobre la nostra funció, cosa que ha condicionat aquesta relació.

La crítica social. Hi ha escoles criminològiques i corrents socials que opinen que la presència i aportació de les ciències humanes i de l’educació en l’àmbit de la justícia no fan més que amortir i disminuir els efectes perniciosos del sistema i, per tant, el perpetuen, el decoren i el justifiquen. D’altra banda, altres sectors ideològics consideren un luxe la nostra intervenció. Pensen que el nostre paper és irrellevant i que les conseqüències de les mesures legals són suficients i els seus efectes independents a la nostra intervenció.

Per a mi aquesta és la situació de la professió en l’àmbit de la justícia. Evidentment, remou entre els professionals un constant conflicte ètic i deontològic. La pressió de l’usuari, el condicionament de la norma i la jerarquia, la dependència de l’administració, etc., ens obliga a adaptar-nos, a mantenir la independència i l’autovaloració positiva de la nostra aportació en el sistema. És evident que, malgrat els costos abans definits, la psicologia com a ciència i la seva aplicació ha introduït un nou marc irreversible i positiu en el món de la justícia.

Vist aquest panorama general de la professió, serveixin de conclusió aquestes darreres reflexions. Hem deixat de treballar en el laboratori i a petita escala; estem a la trinxera dels problemes socials. Avui som una demanda social i, per tant, nosaltres no posem les condicions. Hi ha exigències i necessitats socials que la psicologia, en el seu exercici, ha de ser capaç d’abordar, malgrat que renunciï a alguns preceptes teòrics, tècnics o metodològics. El debat ètic passa necessàriament pel pragmatisme, és a dir, per la capacitat de transformar i adaptar la professió a les necessitats socials, les del carrer. Passa necessàriament per la capacitat d’autocrítica i la recerca creativa de noves respostes, en un moment de manca d’inversió pública. I finalment, sempre, passa necessàriament per la defensa i dignificació de la nostra professió.



ASPECTES ÈTICS DE LA INTERVENCIÓ PSICOLÒGICA EN LA XARXA SANITARIA
Pilar Fuxet


Els problemes que intervenen en el camp de la Salut Mental són múltiples i porten implícits l’acceptació de factors individuals, socials, culturals i econòmics. La resposta assistencial i l’orientació de l’atenció rebudes són determinants en el fet d’emmalaltir. No hi ha dubte que el model d’intervenció que es triï, incideix directament en el procés salut-malaltia de la població així com en la cronificació del mateix i/o possible iatrogènia.

Els encàrrecs institucionals, entesos com les demandes d’actuació que en el camp de la Salut Mental se’ns fa als professionals, van relacionats amb les directrius que es donen pel seu desenvolupament i amb els recursos dels què es disposa per fer-ne front, és a dir la concreció d’aquests encàrrecs i la seva planificació per a dur-los a terme va lligada a les polítiques en Salut Mental i per tant a la ideologia de la política imperant.

A tall d’exemple em referiré a una de les «Actuacions» que el Servei Català de la Salut Mental de Catalunya, té com a «prioritària» pel que fa al treball amb pacients amb trastorns mentals severs (TMS) als Centres d’Assistència Primària en Salut Mental. L’Administració demana tenir un registre de la població amb TMS, recaptar aquells pacients que han perdut el contacte amb el servei, implantar plans individualitzats per cada pacient i desenvolupar mesures específiques tant pels pacients amb TMS com per les seves famílies.

Delimitar les necessitats i les capacitats dels pacients amb TMS és un treball complex que requereix intervencions a nivell familiar, col.laboració amb altres serveis sòcio-sanitaris, i conducció amb diferents dispositius assistencials, per tant molt temps dels professionals així com recursos.

El discurs ideològic imperant és economicista i tecnòcrata, és a dir, fa equivalent l’eficàcia a la rapidesa i l’eficiència a la satisfacció immediata; la rendibilitat consisteix en tants per cents de visites i en la disminució de les llistes d’espera. La pressió en aquests termes a vegades es fa tant forta que els professionals podem fer-nos còmplices d’aquest discurs contrari al de la Salut Mental i per tant correm el perill d’acomodar-nos a tipus d’intervencions que vinguin a tapar les deficiències en lloc de denunciar-les, emparats en les ideologies que sostenen el discurs de les investigacions biològiques, farmacològiques, i de les neurociències… contribuint així a una repsiquiatrització i parcialització dels problemes de la Salut Mental.

Si partim de la multifactorialitat que intervé tant en el camp de la Salut Mental com en el procés d’emmalaltir, crec que només el treball en equips multidisciplinaris poden donar-els-hi resposta.

En aquest sentit només les aportacions de les diferents disciplines del coneixement psiquiàtric, psicològic, ciències socials… en interrelació possibiliten intervencions integrades, concordants amb la complexitat de l’atenció a la Salut Mental, alhora que al meu entendre, permeten l’enriquiment mutu, generant cultura pròpia que pot facilitar l’aspecte crític necessari per posar distància al discurs institucional, abans esmentat.

Conclusió

D’aquesta reflexió es desprèn la idea que l’ètica en Salut Mental pertany a l’ètica dels valors en les relacions humanes i compromet a la societat, així com també ens compromet a nosaltres com a professionals.
Conscients del marc institucional en el que estem -la xarxa pública sanitària-, hem d’interrogar-nos sobre el nostre posicionament. Crec que no podem renunciar al permanent compromís amb la societat, als valors del treball rigorós i als de l’eficàcia i solidaritat.

Penso que com a professionals psicòlegs hem de ser crítics amb nosaltres mateixos, amb els nostres sabers, i exigents en els aspectes formatius, alhora que crítics amb les institucions.

La responsabilitat ètica de les nostres intervencions no poden recaure únicament en el terreny individual. Al meu entendre, el repte immediat està en comprometre’ns col.lectivament a qüestionar i reflexionar sobre les nostres funcions en els equips de Salut Mental i en la pròpia xarxa sanitària, per no caure en el perill de ser xuclats i absorbits per un discurs aliè que no ens afavoreix professionalment.

Aquest articles és resum de: FUXET, Pilar. «Elementos de tipo ético en las intervenciones profesionales». Dins: Equipos e instituciones de salud (mental), salud (mental) de equipos e instituciones. Madrid : Asociación Española de neuropsiquiatría, 1997. P. 183-191.



CONFERÈNCIA:
CONSIDERACIONS SOBRE ASPECTES ÈTICS DE LA PRÀCTICA PROFESSIONAL PSICOLÒGICA


ELS PRINCIPIS DE LA BIOÈTICA I LA PRÀCTICA PSICOLÒGICA
Victòria Camps


Abans de posar-nos a parlar d’ètica –o de bioètica– crec convenient aclarir algunes qüestions que acostumen a produir malentesos. En concret, tres: 1) hi ha una o moltes ètiques? 2) l’ètica és privada, una qüestió de consciència, o hi ha una ètica pública, compartida? 3) quines són les diferències entre les normes ètiques i la llei? Breument, intentaré aportar alguna claredat sobre cada una d’aquestes preguntes.

Encara que no ho sembli, les tres preguntes estan relacionades. Vivim en societats plurals, que són la barreja de diverses cultures i el resultat de teories i pensaments diferents. Les societats plurals es confessen liberals i diuen respectar, com a valor fonamental, la llibertat individual. A partir d’aquí, seria fàcil concloure que l’ètica o la moral és una qüestió subjectiva: cadascú té les seves normes de conducta i, mentre no faci mal a ningú i respecti la llibertat dels altres, pot ser creient o no creient, homosexual o heterosexual, avortista o antiavortista, monògam o partidari de l’amor lliure. La moral, com la religió, és quelcom personal.

En part és així, però només en part. Per començar, la llibertat és un dret i un valor que hem de compartir si ens situem en un discurs ètic. Però no sols la llibertat: també la justícia, la solidaritat, la tolerància, la responsabilitat. La llibertat és com l’extrem d’un fil que, si el comencem a estirar arrossega un seguit d’exigències. De la convicció que és així ha sorgit la declaració universal de drets humans que, en aquests moments, és el compendi dels principis ètics i valors universals que la humanitat reconeix en teoria (la pràctica és una altra història). I s’ha de dir que aquests valors últims no són ni relatius ni negociables. No és possible parlar d’ètica sense tenir-los en compte. De fet, l’altra ètica, la privada, la que només obliga en consciència, mai no pot ser res més que l’intent de donar concreció a algun dels principis o dels valors universals. En resum: l’ètica és una, universalitzable. Ara bé, com que les situacions de perplexitat i de conflicte són molt variades, el que passa és que no sempre estem d’acord sobre què han de significar, per a nosaltres, les grans paraules. Només aquí, en aquest desacord situacional i concret, podem parlar de relativisme.

D’aquí derivem la resposta a la segona pregunta. Ètica privada o ètica pública? Ambdues coses. És veritat que finalment és l’individu sol el que pren i es fa responsable de les decisions més importants i difícils. Ningú no pot decidir per mi, especialment quan la decisió correcta no està massa clara. Tothom està d’acord en el fet que el terrorista és immoral quan assassina (tothom, menys el terrorista). Tanmateix, acords com aquest, tan generals, no n’hi ha gaires. En la vida quotidiana, en la pràctica professional, moltes vegades dubtem de la correcció o de la justícia dels nostres punts de vista. O dels dels altres. Estem respectant el pacient com cal? Li estem dient el que ha de saber? Estem buscant el seu interès o el nostre? En respondre a aquestes qüestions l’individu pren consciència de la seva autonomia moral: és ell qui ha de decidir. Això ens portaria a concloure que la moral és privada. Però la conclusió no seria del tot exacta. Perquè no hi ha cap decisió, cap resposta ètica que no tingui importància per a algú més que per a l’individu que la pren. Finalment, el que fa necessària una ètica és el fet que vivim en societat o en comunitat, que no estem sols. El que decidim, repercuteix en la vida dels altres.

Aquesta dialèctica entre el privat i el públic, l’universal i el particular és el que distingeix l’obligació legal. Aquesta última és totalment externa. És una coacció, imposada, que hem d’acatar si no volem ser penalitzats. L’obligació moral, en canvi, no té coacció externa. Si no faig el que crec que èticament hauria de fer, no passa res. Em podré sentir més o menys culpable –depèn de la meva consciència moral–, però ningú em ficarà a la presó si el que he transgredit és només una norma moral i no una norma jurídica.

Aquesta distinció entre ètica i dret ens aclareix l’estatus dels codis deontològics. Els codis consisteixen en una declaració de principis –més o menys específica i detallada– que els professionals d’una determinada disciplina es comprometen a acatar. Si ens els mirem bé, de fet els codis no són res més que un intent d'aplicar els drets humans a una pràctica professional concreta. El que declaren, és, doncs, la validesa dels principis ètics més universals. Ara bé, el codi no és una llei, no inclou sancions. Obliga en consciència. Els comitès o col.legis professionals poden exercir una certa pressió sobre els seus membres perquè apliquin les normes de professionalitat del codi. Però no tenen ni poden tenir els mecanismes de coacció que té el jutge.

Els principis de la bioètica

Una vegada hem aclarit algunes qüestions sobre l’estatut general de l’ètica, passem a parlar de la bioètica. La bioètica és una disciplina nova, nascuda arran dels molts problemes que avui plantegen les diferents ciències de la vida. La psicologia és una d’elles. Els progressos tecnològics i els avenços científics permeten fer coses que fa pocs anys eren impensables. Per això ha estat necessari crear una disciplina –interdisciplinària, per definició– que es pregunti pels dilemes ètics derivats de les noves tècniques i els nous coneixements sobre la vida. Val a dir que la medicina ha estat la ciència pionera en la tasca de fabricar-se un codi deontològic. El jurament hipocràtic és la primera expressió d’ètica professional que va existir. Els principis de la bioètica són quatre i recullen i amplien el contingut d’aquell jurament. Són els següents: 1) No maleficència; 2) Beneficència; 3) Autonomia; 4) Justícia. El que vull intentar mostrar breument és la rellevància d’aquests quatre principis per a la pràctica psicològica.


1. No maleficència i beneficència


Aquests dos primers principis els podem tractar conjuntament ja que, d’alguna manera, són l’aspecte negatiu i positiu d’una mateixa norma: no fer mal i procurar fer el bé. Aquesta idea procedeix del jurament hipocràtic abans esmentat i resumeix l’obligació fonamental dels professionals de la salut envers els pacients.
El primer que cal notar és l’asimetria ineludible entre el professional de la salut –psicòleg, en aquest cas– i el pacient. La competència professional del primer contrasta amb la indefensió i la fragilitat del segon a qui no sols li manquen els coneixements científics indispensables per saber què li passa, sinó que està malalt i per tant es troba insegur, feble, vulnerable. És important tenir en compte aquesta asimetria per posar en el seu lloc el respecte a l’autonomia del pacient, que és el principi que després veurem. Òbviament el pacient ha de ser respectat com a persona amb una dignitat i una autonomia, però el psicòleg sap més coses, coneix millor l’interès i el bé del pacient. Cal trobar l’equilibri entre un cert paternalisme, bastant inevitable, i el respecte a l’altre.

Un segon aspecte a tenir en compte dintre d’aquests dos principis de la bioètica és el possible conflicte entre els interessos dels pacients i els interessos de la ciència. No sé si la societat espanyola ha acceptat ja del tot la pràctica psicològica com una pràctica normalitzada. Sembla que no. El perill d’estigmatització dels pacients psicòtics és encara notable. Moltes vegades ens adonem que l’evolució de la ciència no respon exactament als problemes de la societat o de la gent: és una evolució autònoma, sotmesa a altres inèrcies. La pregunta és: a qui estem servint, al pacient o a la mateixa ciència? L’intent d’innovar, de competir o de ser els primers no va de vegades una mica massa lluny i en detriment del pacient?

També cal tenir en compte que la nostra és una societat abocada al consum, i que la psicologia també es deixa mercantilitzar. El malalt imaginari és una temptació. Fa només quaranta anys les depressions –entre nosaltres, que sortíem d’una guerra– eren gairebé desconegudes; avui és difícil trobar algú que no hagi viscut una depressió. No és un canvi bastant exagerat? Mirem el bé del malalt o el bé de la ciència? Per què ambdós no sempre coincideixen?

2. L’autonomia

El principi d’autonomia s’està convertint en el principi predominant i prioritari de les ciències mèdiques. És una conseqüència del liberalisme generalitzat. I també del coneixement progressiu del fet que qualsevol individu és subjecte d’uns drets que pot reclamar. La judicialització de la medicina pot arribar a la psicologia i convertir-la en una psicologia defensiva, com tendeix a passar amb la medicina.

Una de les maneres de materialitzar el principi d’autonomia és la fórmula del consentiment informat. Fórmula que obliga a informar el pacient i demanar-li el consentiment per sotmetre’l a la teràpia adequada. És un pas cap al respecte a l’autonomia que pot ser molt positiu si no es burocratitza i es converteix en una mera fórmula de tràmit. Òbviament, informar i demanar el consentiment exigeix, per part del psicòleg o del metge, una «pèrdua de temps» considerable, ja que la tasca no és senzilla. En el cas dels psicòlegs, la dificultat augmenta a causa de l'especial patologia dels pacients. Tinguem en compte que l’autonomia se li reconeix a la persona per la seva capacitat d’actuar racionalment. Quan el que està en qüestió és l’ús que una persona pot fer de la seva raó, les preguntes sobre quins han de ser els límits de la seva autonomia poden ser infinites.

3. La justícia

L’últim –i no menys important– dels principis de la bioètica és el de la justícia. Tenim un sistema públic de salut, sostingut per l’estat del benestar. Un estat, però, que té cada vegada més problemes de finançament per fer front a totes les demandes socials. Dintre d’aquestes demandes, la psicologia és encara la parenta més pobra, la primera que deu patir les conseqüències de la falta de recursos. Tot i que, en l’àmbit de l’educació, la psicologia està tenint un paper que no havia tingut mai –no sé si positiu o negatiu, no tenim temps de parlar-ne ni sóc experta en el tema–, com a pràctica clínica generalitzada, la psicologia encara ha de ser reconeguda com una necessitat bàsica.

A l’hora de distribuir els recursos, però, la imparcialitat és absolutament imprescindible. No es pot ser endogàmic ni corporativista. Cal intentar pensar en l’interès comú. Si la justícia que pot garantir l’estat del benestar s’ha de reduir a uns mínims, cal que tothom tingui el despreniment i la generositat necessaris per esbrinar i decidir quins són realment els mínims.

Amb les consideracions fetes fins aquí no pretenc en absolut ser exhaustiva. He assenyalat només alguns problemes que suscita la pràctica psicològica des de la perspectiva dels principis de la bioètica. Els psicòlegs, sens dubte, saben que els problemes són molts més. Crec, de tota manera, que és bo enfocar-los des del punt de mira dels quatre valors enunciats per la bioètica. De fet, i tornant als aclariments del principi, qualsevol dubte o perplexitat ètic haurà d’enquibir-se en una d’aquestes grans qüestions: serà un problema de no maleficència, de beneficència, d’autonomia o de justícia.

Per acabar, només una observació. Els principis de la bioètica –o l’ètica en general– són una utopia. Mai no tindrem un món on no existeixi la maleficència, on només es faci el bé, on es respecti l’autonomia de tothom i on hi hagi justícia. Per això hem de dir que el paper de l’ètica és bàsicament crític. L’actitud ètica és l’actitud de l’insatisfet, del no complaent amb les coses tal com són o tal com es fan. És una actitud que ha d’equidistar de dos extrems poc recomanables: l’escepticisme segons el qual res és millorable, i el dogmatisme que només busca receptes i respostes segures i clares. El discurs ètic és el discurs del dubte i del diàleg. Els professionals que subscriuen un codi deontològic han d’entendre que, una vegada feta la declaració de principis, el que no poden fer és deixar de parlar, dialogar, per tal d’intentar consensuar les respostes a les situacions més conflictives. La responsabilitat professional només s’assumeix compartint-la.

 
< Anterior   Següent >


 

El COPC i el mestre Siguán

El COPC i el mestre Siguan

 





 
Col·legi Oficial de Psicòlegs de Catalunya (COPC)
C/ Rocafort, 129 - 08015 Barcelona
Tel.: 932.478.650 - Fax: 932.478.654 - Adreça electrònica: copc.b@copc.cat
Política de privadesa - Termes d'ús